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“Un par de años antes, Karoline la pelirroja se había tirado al río un poco más arriba, junto al puente del Augarten. Nunca la encontraron. La Matzner comentó entonces que al Danubio no le gusta devolver cadáveres. Los arrastra hasta el mar. Un escalofrío sacudió a la Mizzi al pensar en esa muerte; cuanto más seguía con al mirada el paso del agua, más intensamente se estremecía; pero también empezaba a amar su miedo, su miedo ante esa muerte húmeda” (p. 174).

Joseph Roth, La noche mil dos. Barcelona, Anagrama. Trad.: Juan J. del Solar. (Die Geschichte von der 1002. Nacht, 1939 [póstuma]).

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lo que es único

“Por eso, cuando vi la mesa de mármol de Jakob Mendel, aquella fuente de oráculos, vacía como una losa sepulcral, dormitando en aquella habitación, me sobrevino una especie de terror. Sólo entonces, al cabo de los años, comprendí cuánto es lo que desaparece con semejantes seres humanos. En primer lugar, porque todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme. Y, además, llevado por un hondo presentimiento, el joven inexperto que fui había sentido un gran aprecio por Jakob Mendel. Gracias a él me había acercado por vez primera al enorme misterio de que todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra solo a través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime, sagradamente emparentada con la locura. Que una vida pura en el espíritu, una abstracción completa a partir de una única idea, aún pueda producirse hoy en día un enajenamiento no menor que el de un yogui indio o el de un monje medieval en su celda, y además en un café mal iluminado con luz eléctrica y junto a una cabina de teléfono… Este ejemplo me lo dió, cuando yo era joven, aquel pequeño prenderlo de libros por completo anónimo más que cualquiera de nuestros poetas contemporáneos. Y, sin embargo, yo había sido capaz de olvidarle”  (pp. 29-30).

Stefan Zweig, Mendel el de los libros. Barcelona, Acantilado, 2009. Trad.: Berta Vías Mahou. (Buchmendel, 1929).

Para Hugo

“Las matemáticas desaparecieron en Occidente -dejemos a un lado a los árabes, es algo más complejo- desde la época romana. Transcurrieron siglos sin que nadie pudiese entender textos como los de Arquímedes. No se sabía qué eran. Se copiaban para guardarlos en bibliotecas sin comprenderlos.  Y fue necesario que llegara la nueva generación de matemáticos del siglo XVI para que se  redescubriera  con entusiasmo el texto de Arquímedes. Eso es una resurrección. En el fondo, conservo del cristianismo la idea de que si algo es verdadero debe poder renacer. También por eso he escrito sobre san Pablo*” (p. 69).

Alain Badiou, Filosofía y la idea del comunismo. Conversación con Peter Engelmann. Madrid, Trotta. Traducción y epílogo: Jordi Massó. (Philosophie und die Idee des Kommunismus).

*Alain Badiou, San Pablo. La fundación del universalismo. Madrid, Anthropos, 2007. Presentación de Jesús Ríos Vicente.

“El individuo tiene que seguir comiendo y nutriendo su cuerpo, tiene que enfermar y finalmente morir. Nada de esto va a cambiar, si bien se habrá podido experimentar la capacidad de tocar lo infinito al incorporarse parcialmente -en ocasiones de manera leve; otras, de forma más intensa- a un procedimiento en el que se toca lo infinito real. Por eso puede decirse que todo individuo puede participar en lo absoluto” (p. 21).

Alain Badiou, Filosofía y la idea del comunismo. Conversación con Peter Engelmann. Madrid, Trotta, 2017. Traducción y epílogo: Jordi Massó.

el dedo meñique de Dios

“Un día, era verano, estaba lloviendo, los niños arrastraron a Menuchim fuera de la casa y lo metieron en la cuba en la que se había acumulado el agua de lluvia de medio año. Allí nadaban gusanos, restos de fruta y cortezas de pan enmohecidas. Lo sujetaron por las piernas torcidas y unas doce veces le hundieron la ancha cabeza gris en el agua, con al esperanza regocijada y atroz de sacarlo muerto. pero Menuchim vivió. Resolló, escupió el agua, los gusanos, el pan enmohecido los restos de fruta, y vivió. No le ocurrió nada.  Entonces los niños lo metieron de nuevo en casa, en silencio, muertos de miedo. Un gran temor ante el dedo meñique de Dios, que acababa de hacerles una leve advertencia, embargó a los dos muchachos y a la chica. En todo el día no dijeron una palabra.. Tenían las lenguas pegadas al paladar. Sus labios se abrían para formar una palabra, pero ningún sonido salía de sus gargantas. Dejó de llover, salió el sol y los arroyuelos corrieron alegres por los bordes de las calles. Habría sido el momento de soltar los barquitos de papel y mirar cómo nadaban y chocaban entre sí. Pero no ocurrió nada de nada. Los niños se arrastraron de vuelta a casa, como perros. Durante toda la tarde esperaron que Menuchim muriera. Pero Menuchim no murió.

Menuchim no murió. Siguió con vida. Un tullido fuerte” (pp. 26-27).

Joseph Roth, Job. Historia de un hombre sencillo. Barcelona: Acantilado, 2007. Trad.: Berta Vías Mahou. [Hiob. Roman eines einfachen Mannes, 1930].

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Seis pies bajo tierra

“”Aunque estés seis pies bajo tierra, tapado por la hierba… nada te puede suceder… Estate, pues, alegre, alegre: nada te puede suceder”. Estas palabras de uno de los personajes del dramaturgo austriaco L. Anzengruber impresionaron a Wittgenstein: expresarían perfectamente el intento de salvarse de los tormentos de la conciencia. O, también, de la muerte. Todo estriba en que la muerte no nos muerda. Quien vive el presente vive eternamente. Quien teme a la muerte no ha ajustado su conciencia. Incluso quien se suicida “peca”, ya que se trata a sí mismo como si fuera un acontecimiento más. La expulsión de la muerte es la consigna central de la “vida buena” wittgensteiniana” (p. 25).

Javier Sádaba, Lenguaje, magia y metafísica. (El otro Wittgenstein). Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1992.

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“Este Hotel Savoy era como el mundo; hacia el exterior irradiaba una poderosa ostentación; la magnificencia parecía imperar en los siete pisos, pero en el interior habitaba la pobreza. Los pobres estaban en la parte de arriba, enterrados en tumbas bien ventiladas , y las tumbas se amontonaban sobre las cómodas habitaciones de los ricos, instalados abajo, tranquilos y holgados, sin preocuparse por los ataúdes de frágil construcción” (p. 42).

Joseph Roth, Hotel Savoy. Barcelona, Acantilado, 2004. Trad.: Feliu Formosa. (Hotel Savoy, 1924).

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