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vacío donde él antes

Para Jairo Escobar Moncada.

“En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos, a los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto y las paredes de la casa desaparecida al ver el solar vacío. ¡Así eran entonces las cosas! Todo cuando crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive  de la capacidad para olvidar rápida y profundamente” (p. 193)

Joseph Roth, La marcha Radetzky. Barcelona, Edhasa, 2012. Trad.: Arturo Quintana.

 

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confiterías y bombones

“-¿La tumba de la señora Slama, por favor?

-La penúltima fila, catorce, tumba siete -dijo la mujer sin titubear, como si hubiera esperado largo tiempo esta pregunta.

Era una tumba nueva, una minúscula colina, una cruz de madera, pequeña, provisional y una corona de violetas de cristal, mojada, que hacía pensar en confiterías y bombones.” (p. 87)

Joseph Roth, La marcha Radetzky. Barcelona, Edhasa, 2012. Trad.: Arturo Quintana.

gusanos pechos muslos

“Sentía todavía en su piel las huellas de las manos, tan queridas, de la muerta, y en sus propias manos calientes se escondía todavía el recuerdo del frescor del pecho de ella. Cerrando los ojos rememoró aquel cansancio pletórico en su rostro saturado de amor, la boca roja abierta, el blanco brillo de los dientes, el brazo torcido indiferente y en todas las líneas de su cuerpo, el reflejo constante de un reposo feliz en sueños sin deseos. Ahora los gusanos se arrastraban por sus pechos y sus muslos y una putrefacción minuciosa le devoraba el rostro. Cuanto más intensas se presentaban en la mente del joven las imágenes horrorosas de decadencia, tanto más violenta se desataba su pasión. Crecía esta, diríase, hasta la incomprensible infinitud de las regiones donde la muerta había desaparecido:” (pp. 69-70).

Joseph Roth, La marcha Radetzky. Barcelona, Edhasa, 2012. Trad.: Arturo Quintana.

“El hijo no lloró. Nadie lloró por el muerto. Todo fue frío y solemne. No se pronunciaron palabras junto a la tumba. Al lado del suboficial de la gendarmería reposó el mayor barón de Trotta y Sipolje, Caballero de la Verdad. Se cubrió la tumba con una sencilla lápida militar en la que se grabaron, con letras pequeñas y negras, además de su nombre, rango y regimiento, su noble sobrenombre: «El héroe de Solferino». Poca cosa más quedó del muerto que esta piedra, una gloria olvidada, y su retrato. De la misma manera anda un campesino en primavera por los campos, y más tarde, en verano, la huella de sus pasos queda cubierta por la bendición del trigo, que ondea donde él sembrara.” (p. 37)

Joseph Roth, La marcha Radetzky. Barcelona, Edhasa, 2012. Trad.: Arturo Quintana.

Resultado de imagen de Joseph Roth, La marcha Radetzky Edhasa

“Peter Konrad, deshollinador, se había tirado por la ventana. A Fridolin le pareció en cierto modo extraño que también los deshollinadores se suicidaran a veces, y se preguntó involuntariamente si aquel hombre se habría lavado antes debidamente o se habría tirado al vacío tan negro como estaba”. (p. 114)

Arthur Schnitzler, Relato soñado. Madrid, Acantilado, 2008. Trad.: Miguel Sáenz.

Cubierta del libro Relato soñado

de madera, sus ojos

“Leónidas no volvió la cabeza. Su cuerpo adquirió de pronto la rigidez de la madera. La palabra meningitis acudió a su memoria. Sí, precisamente aquel año la epidemia había arrebatado a muchos niños de la región de Salzburgo. Y el suceso, no sabía por qué, se le había grabado en la memoria. Pese a ser de madera, sus ojos empezaron a llorar. Pero no sintió ningún dolor, sino un malestar muy extraño unido a algo inexplicable que lo obligó a dar un paso hacia la ventana.” (p. 128)

Franz Werfel, Una letra femenina azul pálido. Barcelona, Anagrama, 2015.               Trad.: Juan José del Solar.

la mejora fue escasa

“En los días anteriores al funeral el dormitorio fue saturándose de un rancio olor dulzón que se extendió a otras partes de la casa. Colocaron bajo el ataúd unos cuantos aromatizadores como los que se usan en los lavabos, pero la mejora fue escasa.” (p. 267, libro I).

Alasdair Gray, Lanark. Una vida en cuatro libros. Barcelona, Marbot , 2013.

Lanark

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