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“Lo único que existe es un policía que le ha hecho a otro una pregunta: cómo es que quienes mataron no me mataron a mí. Lo único que hay es su risa.

Me desconozco, reducido a ese presente absoluto, y sin embargo me reconozco también en ese estado: mil veces lo he vivido, mil veces he sido violencia. El odio me lleva a otros lugares y tiempos: vuelvo al columpio, sin poder hablar, viendo cómo se acerca un hombre que quiero lejos; vuelvo a El Baboso, la noche de la pelea… Estoy aquí y allá y allá… Soy muchos y todos al mismo tiempo. El odio me multiplica.

“¿Y cómo es que a éste lo dejaron vivo?”. Los voy a matar” (110-111)

Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano. Barcelona, Literatura Random House, 2016.

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Jaime Bateman, el “comandante Pablo”, fue, primero, miembro de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y después, fundador y líder de la guerrilla urbana M-19 (Movimiento 19 de abril de 1970). Murió en un accidente de avión y su cuerpo estuvo desaparecido nueve meses.

“Asciendes eternamente por una colina calva y de pronto te encuentras en un valle umbroso,  entras por un portal y estás en la calle, te pierdes un poco por el bazar y de súbito te hallas rodeado de lápidas mortuorias. Porque igual que la propia muerte, los cementerios de Constatinopla están en medio de la vida” (148).

W. G. Sebald, Los emigrados. Barcelona, Anagrama, 2006. Trad., Teresa Ruiz Rosas.

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para ir a suicidarse

“Seguía navegando, pasaban los días. No se cruzaron con nadie salvo con otro rompehielos del mismo modelo. Se detuvieron una hora a su altura, conversaron tras intercambiar los mandos mapas y planos, pero eso fue todo. Son territorios adonde no va nadie, por más que los reivindiquen un buen número de países: Escandinavia porque de allí llegaron los primeros exploradores de la zona, Rusia porque no está muy lejos, Canadá porque está cerca y Estados Unidos por ser Estados Unidos. En dos o tres ocasiones divisaron pueblos abandonados en la costa de Labrador, construidos originalmente por el gobierno central para beneficio de los indígenas, y perfectamente equipados, desde la central eléctrica hasta la iglesia. Pero, al no estar adaptados para las necesidades de los aborígenes, éstos los habían destruido antes de abandonarlos para ir a suicidarse. Junto a las barracas despanzurradas, se veían aquí y allá osamentas de focas resecas, colgadas de cruces, recuerdos de reservas alimentarias protegidas así de los osos blancos” (19)

Jean Echenoz, Me voy. Barcelona, Anagrama, 2000. Trad.: Javier Albiñana.

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