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Rabold

“A cada instante cerraba los ojos doloridos-había en ellos un llanto llorado-y veía su rostro. Se acostaba tarde. El lecho estaba frío. En el calor que tímidamente comenzaba, se dormía. Con las rodillas estiradas hacia adelante caía de pronto en el vacío, se asustaba porque junto a ella no había nada, y se despertaba. ¿Está muerto!, pensaba de pronto. Con las rodillas temblando, se bajaba de la cama para encender la luz, sacaba del armario una postal que él le había enviado en una ocasión, la contemplaba largo y tendido y repasaba cada uno de los trazos de las letras pergeñadas a toda prisa, para estar segura al menos de que había vivido, junto a ella, con ella, un poco para ella. En alguna parte encontró su bufanda. Era suave y agradable, era de él. Aún olía a él, a su cuerpo, a su vida. No podía haber muerto, porque la bufanda aún estaba caliente. Se la llevaba a la cama, ponía la mejilla sobre ella y se dormía” (pp. 95-96).

Joseph Roth, El espejo ciego. Barcelona, Acantilado. Trad.: Berta Vías Mahou. (Der blinde Spiegel, 1925).

El espejo ciego

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“Sólo en los entierros judíos he visto semejante metamorfosis de las personas.

El cadáver del judío devoto yace en una sencilla caja de madera, cubierto con un paño negro. No será llevado en carroza sino a hombros de cuatro judíos, a paso ligero, por el camino más corto; ignoro si ello es así porque está prescrito o porque un paso más lento doblaría la carga para los portadores. Casi van a la carrera con el cadáver a través de las calles. Los preparativos han durado un día. A ningún muerto le está permitido permanecer en la tierra más de veinticuatro horas. Los plañidos de dolor de los que le han sobrevivido  han de oírse en la ciudad entera. Las mujeres marchan por las callejas gritando su pena a todo desconocido que encuentran a su paso. Hablan del difunto, le dirigen apelativos cariñosos, demandan su perdón y su gracia, se cubren a sí mismas de reproches, preguntan, perplejas, qué harán ahora, aseguran que ya no quieren vivir -y todo esto en mitad de la calle, en la calzada, a todo correr-, mientras en las casas asoman rostros indiferentes, los forasteros se ocupan de sus negocios, los carruajes pasan de largo y los tenderos atraen a la clientela.

En el cementerio se desarrollan las escenas más conmovedoras. Las mujeres no quieren abandonar las tumbas, se hace preciso obligarlas, y el consuelo toma el aspecto de una doma. La melodía de la oración fúnebre es de una grandiosa simplicidad, breve y casi brusca la ceremonia de inhumación, grande el tropel de mendigos que se disputan una limosna.

Durante siete días, los más allegados de entre los deudos del difunto permanecen sentados en el suelo de la casa de éste, o en pequeños taburetes, deambulan en calcetines, ellos mismos con aspecto de medio muertos. En las ventanas arde una pequeña y mortecina candela mortuoria delante de un lienzo blanco, y los vecinos traen a los que guardan el luto un huevo duro, el alimento de aquel cuyo dolor es redondo: sin principio ni fin” (pp. 59-60).

Joseph Roth, Judíos errantes. Barcelona, Acantilado, 2008. Trad.: Pablo Sorozábal Serrano.  (Juden auf Wahnderschaft, 1927).

catástrofe

“Cuando sobreviene una catástrofe, la conmoción vuelve caritativas a las personas que se hallan cerca. Parece como si los hombres supieran que las catástrofes duran poco. Los vecinos de una catástrofe crónica, sin embargo, son tan escasamente capaces de soportarla que tanto ésta como sus víctimas poco a poco llegan a resultarles indiferentes, cuando no molestas. Tan hondamente implantado está en los seres humanos el sentido del orden, la regla y la ley que solo están dispuestos a tolerar durante un muy reducido intervalo de tiempo la ausencia excepcional de leyes, la confusión, el delirio y la enajenación mental”  (p. 12)

Joseph Roth, Judíos errantes. Barcelona: Acantilado, 2008. Trad.: Pablo Sorozábal Serrano. (Juden auf Wahnderschaft, 1927).

efímera

“(…) cuando los perros encadenados se desprendieron de sus ataduras, el judío alemán se percató de que se encontraba más desprotegido y más sin patria de lo que estaba hacía algunos años su primo de Łódź. Había caído en la arrogancia. Había perdido al Dios de sus padres y ganado el ídolo del patriotismo civilizador. Pero Dios no se había olvidado de él. Y lo envió a la emigración: pena apropiada para los judíos… y para los demás. Para que no olviden que nada en este mundo es permanente, y la patria tampoco; y que nuestra vida es efímera, más efímera aún que la de los elefantes, los cocodrilos y los cuervos. Hasta los papagayos son más longevos que nosotros” (p. 10-11).

Joseph Roth, Judíos errantes. Barcelona, Acantilado, 2008. Trad.: Pablo Sorozábal Serrano. (Juden auf Wahnderschaft, 1927).

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Briznas de paja

“Mi abuela, que parecía un perro, andaba siempre barriendo el suelo de madera por las noches. Yo era muy pequeño, odiaba a la abuela y la escoba y me gustaban los trozos de papel, las colillas y todo tipo de desechos. Rescataba de la escoba de la abuela todo lo que caía al suelo y me lo metía en los bolsillos. En especial, me gustaban las briznas de paja. De entre todos los objetos inanimados eran los que más vida tenían. A veces, cuando llovía, me ponía a mirar por la ventana. En las ondas de uno de los incontables arroyuelos que se formaban, bailoteaba, giraba, coqueta y despreocupada, una pajita, ajena al sistema de alcantarillado que se la llevaba y en el que acabaría por desaparecer” (pp. 7-8).

“Las briznas de paja bailoteaban, se arremolinaban, giraban coquetas y nadaban hacia la reja de la alcantarilla sin saber que aquello era su perdición. Yo ya no corría para detenerlas. Aunque estaba convencido de que debía hacerlo. La lluvia, la inocencia de la brizna, la reja y yo formábamos un todo. El día de lluvia estaba sombreado de gris. La brizna de paja moría ahogada. La rejilla se la tragaba. Y yo, a decir verdad, debería haber corrido a salvar la pajita. Cada uno tiene una misión que cumplir en el mundo ” (pp. 17-18).

“Planto mis experiencias como si fueran parras y observo cómo crecen. Soy perezoso. Y la nada es mi pasión. Sin embargo, desde que vi a la chica de la ventana viví en una tensión continua, como no la conocía desde los tiempos de mi adolescencia. Entonces yo aún era parte del mundo, una brizna de paja en la corriente de los acontecimientos, nadando, arrastra. Lloraba por la pérdida de una bolsa de papel, por la de cualquier fruslería. Desde que soy viejo, no lloro y no me río. Nadie puede causarme un disgusto así como así. He superado el dolor y la alegría” (p. 30).

Joseph Roth, Abril. Historia de un amor. Barcelona: Acantilado, 2015. Trad.: Berta Vías Mahou. (April. Die Geschichte einer Liebe, 1925).

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Estúpida, vieja y fea

“Pues bien, era muy estúpida. Y lo sigue siendo hoy día. Ella le llevó a la tumba. Se ha vuelto vieja y bastante fea, pero sigue siendo estúpida. Sin embargo, por muy injusta y malvada que sea la naturaleza al hacer que los hombres se vuelvan ciegos cuando aman, compensa esa injusticia haciendo que el brillo de las mujeres que en otro tiempo deslumbraron a los hombres se apague bastante pronto y obligando a las viejas damas a que con los años recurran a la dudosa ayuda de peluqueros, masajistas y cirujanos para que sus pechos caídos, sus vientres, sus mejillas y sus muslos recuperen así una forma medianamente aceptable. Y así las mujeres que en otro tiempo fueron hermosas se precipitan en sus tumbas como si fueran una especie de figuras de yeso retocadas.” (pp. 22-23).

Joseph Roth, El triunfo de la belleza. Barcelona: Acantilado, 2003. Trad.: Berta Vías Mahou. (Triumph der Schönheit, 1934).

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la noche

“Cuando llegó al lugar de la tragedia ya había comenzado el rescate de los muertos, de los heridos, de los que se encontraban atrapados. Empezó a oscurecer más rápidamente, como si la noche misma se diera prisa por llegar a tiempo a los primeros horrores y aun quisiera aumentarlos” (pp. 11-12).

Joseph Roth, Jefe de estación Fallmerayer. Barcelona: Acantilado, 2010. Trad.: Berta Vías Mahou. (Stationschef Fallmerayer, 1933).

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