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Posts Tagged ‘al cementerio siempre hay un camino en…’

Habla el fantasma de Lucio, el hermano de Ovidio muerto a los 20 años:

“Pero en el fondo sabes que todo lo hermoso y grandioso de tu existencia ya pasó. Sabes que sufrirás en medio de la agonía. La pausa de esta primavera es tan ilusoria como la esencia de la primavera misma. Te esperan días solitarios y enfermos. Nadie te cerrará los ojos cuando mueras. Nadie pronunciará tu nombre desde las orillas de la vigilia como lo pides continuamente a los dioses. Ellos, y eso lo has reconocido en tus momentos más lúcidos, te han olvidado para siempre. Eres un hombre despojado de los dioses, un hombre además, incapaz de inventarlos. Y nadie, Ovidio, lavará tu cuerpo, ni lo vestirá, ni habrá ramas de pino alrededor de tu mortaja. Nadie llevará las máscaras de nuestros padres ni siquiera la mía, a tus funerales, porque no tendrás funerales como corresponde a los malditos. Nadie cavará una tumba para ti al pie de un camino, y tu epitafio, así lo hayas escrito ya, jamás será leído. Estarás solo, y solo, Ovidio, la muerte te acogerá. Ésta y no otra es la última dádiva que te dará el exilio” (66).

Pablo Montoya, Lejos de Roma. Medellín, Sílaba, 2014.

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Señal

“Ha buscado desde hace tanto la señal en los cielos, pero todo parece indicar que lo olvidaron. De mes en mes llega la avioneta; es el único medio de transporte, y el pueblo la recibe con estrépito, con los brazos abiertos. Él contempla fijamente a los viajeros, uno por uno, y después desaparece. Y sigue aguardando. No tiene un negocio estable, y muchos todavía se preguntan qué hace aquí, de pie, desde hace años, contemplando los cielos. A principio resultaba sospechoso. Después loco. Después un tipo de peligro, que huye para que no lo maten; después cualquier fulano que ha venido a morir a este último rincón del mundo; después un habitante más, uno de todos, como cualquier otro. Él no quiere comentar de la señal a nadie, ni siquiera a la mujer del carpintero, que de vez en cuando duerme a su lado, casi por misericordia. Es un solitario, en la selva. Nunca baja a beber cerveza. Vive sin ningún perro, con una olla y una hamaca y un cuaderno. Nada le falta, excepto la señal: lo más importante, lo esencial, la viva herida, la causa de que soporte todo esto. Algún error debió suceder cuando acordó el sitio de la espera: ¿era otro sitio el indicado para contemplar los cielos?

Así envejece, igual que la mujer del carpintero, igual que el carpintero, igual que el pueblo, igual que la señal, que ya murió, cansada de buscarlo, de aterrizar en otros puertos, vieja y desdentada, aterrada de haber equivocado para siempre el sitio del encuentro” (19-20).

Evelio Rosero, 34 cuentos breves y un gatopájaro. Bogotá, Destiempo libros, 2013.

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“Tuvimos un tiempo maravilloso para el funeral, sí, hizo un día verdaderamente espléndido. Es una necedad decir tal cosa, por supuesto. El mundo es indiferente hacia nosotros (…). Aunque estamos a finales de noviembre, el otoño ha vuelto, una luz densa y brillante como mermelada de albaricoque se extiende sobre los días, una fragancia embriagadora a humo a ya viva descomposición flota en el aire y los colores azulados y ámbar oscuro resplandecen. Por la noche la temperatura cae en picado y al amanecer las rosas, todavía florecidas, muestran un encaje de escarcha y cuando el sol aparece, inclinan sus cabezas y lloran durante una hora” (211).

John Banville, La guitarra azul. Barcelona, Alfaguara, 2015.

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“única vía que daba entrada al carreró del Xup. Esta última calle, por todos los conceptos desangelada y fea, podía ufanarse (si bien otros rincones del barrio le disputaban ese honor dudoso) de haber sido teatro de este suceso cruel: la ejecución sobre la muralla romana de santa Leocricia. (…) Era oriunda de Barcelona o de sus proximidades e hija de un cardador de lana; se convirtió al cristianismo de muy niña. Su padre la casó sin quererlo ella con un Tiburcio o Tiburcino, cuestor. Movida por su fe, Leocracia repartió los bienes de su marido entre los pobres y emancipó a los esclavos. El marido, sin cuyo consentimiento había obrado, montó en cólera. Por haber hecho esto y por no abjurar de su religión fue decapitada en el punto dicho. La leyenda agrega que su cabeza rodó por la pendiente y no paró de rodar, doblando esquinas, cruzando calles y sembrando el terror entre los viandantes hasta caer al mar, donde un delfín u otro pez grande se la llevó” (11 – 12).

Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios. Barcelona, Planeta, 1998.

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Era carnaval en Barranquilla. El alemán había venido a Colombia atraído por las aventuras de Conrad en el Caribe y la lectura de Cien años de soledad. Como muchos alemanes, en Latinoamérica sentía la vida, disfrutaba aprendiendo español y soñaba con mejorar la situación sociopolítica del continente.
Nadie supo nunca qué le ocurrió antes de caer al río, que fue donde su cuerpo fue visto durante dos días sin que nadie se decidiera a sacarlo, en parte porque en el Caribe casi nadie sabía nadar, en parte porque durante el carnaval todo el mundo estaba borracho.
El cuerpo del alemán pasó dos días flotando hasta que un gringo alto y atlético ataviado con un pantalón corto de color caqui, unos calcetines subidos hasta la mitad de la espinilla y calzado deportivo se lanzó al Magdalena, nadó hasta él y, agarrándolo de la ropa, lo llevó hasta a orilla y lo sacó del agua.
Sobre el suelo, el cuerpo desmadejado boca abajo podría haber sido el de cualquier borracho pasando el guayabo, pero cuando lo voltearon vieron que los peces ya se habían comido un ojo.
Una vez terminado el carnaval, un periodista llegó a su barrio con la historia. Sus vecinos se apiadaron del alemán, su mujer se apiadó de los padres del alemán cuando recibieran la noticia y sus hijas se apiadaron de la novia del alemán, aun sin saber siquiera si existía.
Barranquilla era un pueblo muy piadoso.
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“De ese modo, la presencia de Divina Arriaga frente a su hija era más bien una ausencia que nadie podía reprocharle, decía tía Eloísa, pues eso habría sido tan insensato como criticarle a un muerto el no estar en vida: al tomar el barco que la traía definitivamente a la ciudad, con Catalina, su sirvienta y la última pareja de galgos blancos, Divina Arriaga embarcó muchas cosas, libros, muebles, vajillas, porcelanas, pero sobre todo, a la manera de Drácula, su propio féretro, y dentro de él, ella misma, porque Barranquilla se le había antojado siempre un enorme cementerio, un lugar de desolación y ruina” (186).

Marvel Moreno, En diciembre llegaban las brisas.

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