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Posts Tagged ‘bailarás sobre mi tumba’

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Los baterías también se mueren, pero no todos tocaron en una banda llamada “Elvis A Presley” ni tienen un aviso urgente de exhumación en su nicho.

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Colorido mosaico

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Sencillo motivo y suaves colores para J. M., alias “Gaitán”, que nació el mismo día que asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán (9 de abril de 1948), acontecimiento que dio lugar al Bogotazo y la década de la violencia.

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Un modelo de nicho muy repetido: una especie de escenario protegido mediante una puertecita de cristal con cerradura

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Cada uno se llama como (su madre) quiere: “Ecce Homo V. B.”

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Cada uno se llama como (su madre) quiere II: “Columna de Largo”

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“En Viena, todo lo que se expresaba con música o color se convertía en motivo de fiesta: procesiones religiosas, como la del Corpus, desfiles militares, la «Burgmusik», incluso los entierros tenían una concurrencia entusiasta, y la ambición de todo verdadero vienés era tener unas buenas honras fúnebres, con mucha pompa y un gran séquito; un verdadero vienés convertía incluso su muerte en un espectáculo para los demás” (37).

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, “El mundo de la seguridad”. Barcelona, Acantilado, 2011. Trad.: J. Fontcuberta y A. Orzeskek.

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En el mismo tramo de calle donde el 11 velaban a Jorge en su ataúd, hoy había una ruidosa celebración de barrio. Al principio he pensado que sería algún rito de resurrección dedicado al tal Jorge, pero en un segundo momento me he percatado de que la cosa no iba con la casa del finado, sino con la de enfrente, en cuya fachada azul claro colgaba un pendón que rezaba: “Señor de la Misericordia. Bienvenido a esta casa. Familia Chávez”, ilustrado con una imagen, no del tal señor, como sería de esperar, sino de la virgen de Guadalupe. Esto me ha creado un poco de confusión.
Los músicos, ocho hombres vestidos de negro con chaleco verde -bombo, platillos, tambor, tuba, dos trombones y trompeta-, han tocado un popurrí que ha pasado del pasodoble a la charanga y demás ritmos acelerados que han sido seguidos sin una mínima muestra de cansancio por todos los danzantes, entre los cuales había niños, mujeres y hombres, algunos de una edad tan avanzada como para haber muerto de un paro cardiaco en pleno éxtasis bacante.
A lo trepidante de la música y el baile hay que añadir lo vistoso de los ropajes: lo más parecido que he visto en mi vida en cuanto a confección y tejido son las largas túnicas y capas de los reyes magos de las cabalgatas de navidad; las combinaciones de colores, sin embargo, eran más propias de los trajes de luces que se ven en los ruedos: sangre y negro, verde y oro, plata y azul… En un momento dado los danzantes han formado un corro y cada uno ha agarrado la capa del que tenía delante y la ha extendido y ha sido entonces y solo entonces cuando las he podido contemplar en toda su grandeza y no miento si digo que uno llevaba una capa de Jesucristo, otro una capa de la virgen de Guadalupe, otro una capa de San Pablo, el siguiente una capa de la virgen del Carmen, el otro una capa de la virgen del Cobre…. Por amplia superioridad numérica ganaba la Lupita, a pesar de que cada cual la había versionado según su gusto, creatividad y capacidades en distintos tonos, tamaños y materiales, hasta el extremo de que alguno había remedado la brillante aura con chapa metálica.
Una parte de la coreografía me ha recordado la danza de las farotas de Colombia, en la que los hombres se disfrazan de mujeres, y ha sido entonces cuando he caído en la cuenta de que, a pesar de la diversidad, todos, hombres, mujeres y niños, compartían una intención de uniformidad, no solo por el vestuario, sino porque todos llevaban la cabeza cubierta, la mayoría con pañuelos, salvo uno, levemente siniestro, con un pasamontañas negro, (no sé si son capaces de visualizar semejante eclecticismo estético); lo que no he conseguido averiguar a través de la mera observación es si el objetivo era que todos parecieran mujeres o que todos parecieran hombres, porque en ese instante los más viejos se han puesto a girar como derviches.
En la espalda de los músicos, bordado en letras doradas sobre el verde, se leía “La libertad”, lo que, lejos de pretender ser ninguna personificación, intuyo que era el nombre de la banda, hipótesis que ha confirmado la imagen de la estatua de la libertad, antorcha en alto, pintada sobre el bombo, que ha sido golpeada con tanta saña por el Manolo mexicano que ha desbaratado cualquier intención que yo pudiera haber tenido de hacer ninguna metáfora fácil.
Súbitamente, la música ha cesado, los danzantes han formado un círculo y, alzando sus brazos, han gritado al unísono:
¡Se ve, se siente, el Señor está presente!
¡Se ve, se siente, la Virgen está presente!
¡Se ve, se siente, San Juditas está presente!

Totalmente fascinada, me he alejado calle abajo y he regresado a la sobriedad del silencio postnuclear.

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El 11 del 11 cerraron mi calle. Una carpa blanca unida a una de las casas impedía el paso. “La misa por Jorge es mañana”, rezaba un papel escrito a mano. Al día siguiente, carros y carros protegían la carpa por la parte superior e inferior de la calle. Los autobuses cambiaban su recorrido sin rechistar y sin hacer más ruido. Bajo el techo plástico, varias filas de sillas plegables y en ellas personas de todas las edades sentadas mirando hacia la casa, en la que se había improvisado un altar con imágenes religiosas y flores. Entre el altar y los presentes, sobre el asfalto, el difunto en su ataúd escoltado por tres grandes coronas de flores. Por la noche en los alrededores de la carpa y entre los coches aparcados, los hombres beben cerveza y los músicos se apoyan en la parte trasera de una furgoneta con las chaquetas ya desabrochadas. A sus espaldas, los instrumentos tumbados.

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“… beneméritos y benéficos personajes que si contestan se hacen los olvidadizos cuando más se los necesita: dicen: «Estamos en camino», «Nos haremos presentes de inmediato», «Un minuto», pero él debe esperar con el cadáver durante horas, en el mismo salón donde se sirven los almuerzos, el muerto y él igual de quietos, cada uno en su silla, los únicos comensales ante la mesa sucia de desperdicios, la fúnebre mesa donde los demás viejos, a pesar de que murió uno de ellos, no dudaron en seguir comiendo y todavía se chancearon a costa del difunto, se apoderaron de los restos de su comida, «A ti ya no te sirve», lo despojaron de un sombrero, una bufanda, un pañuelo o los zapatos. Afortunadamente para él, no todos los jueves se muere un viejo (12-13).”

Evelio Rosero, Los almuerzos. Barcelona, Tusquets, 2009.

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Qué triste ha debido de quedarse hoy Franco Battiato: se ha muerto Manlio Sgalambro.

(Lentini, 09/12/1924 – Catania, 06/03/2014)

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