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“Tuvimos un tiempo maravilloso para el funeral, sí, hizo un día verdaderamente espléndido. Es una necedad decir tal cosa, por supuesto. El mundo es indiferente hacia nosotros (…). Aunque estamos a finales de noviembre, el otoño ha vuelto, una luz densa y brillante como mermelada de albaricoque se extiende sobre los días, una fragancia embriagadora a humo a ya viva descomposición flota en el aire y los colores azulados y ámbar oscuro resplandecen. Por la noche la temperatura cae en picado y al amanecer las rosas, todavía florecidas, muestran un encaje de escarcha y cuando el sol aparece, inclinan sus cabezas y lloran durante una hora” (211).

John Banville, La guitarra azul. Barcelona, Alfaguara, 2015.

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Un pueblo del interior de Colombia a orillas de la gran ciénaga del río Sinú.
Una casa familiar rodeada de una grande y paradisíaca finca que es al tiempo jardín, bosque y huerta.
Una familia de profesores, todos entre los cincuenta y los sesenta.
Uno de ellos, el artífice de la laberíntica casa, mezcla de arquitectura española, catalana, francesa y egipcia, ya muerto.
Ya de noche, todos beben cervezas en el jardín, bajo los árboles, entre la casa y el pozo. Charlan y se turnan en la tarea de pinchar música.
En un momento dado, le piden a la invitada española canciones de una época pasada, canciones de cuando ellos eran jóvenes y escuchaban la música que llegaba de España y canciones que cantaba su hermano cuando llegó de su viaje por España y comenzó a construir la casa.
Ella repasa mentalmente la música que dibujó el mapa emocional de la generación de sus padres y hace sonar temas que no escuchaba desde hace años.
De repente, una de las mujeres, profesora de lingüística en alguna universidad, pide Los toreros muertos. Cuando comienza a sonar “Mi agüita amarilla”, se arranca alegre a cantarla cerveza en mano. Con la risa en los ojos y en la boca, corea eso de “tu madre lava la vajilla con mi agüita amarilla”.
Su marido, profesor de filosofía en alguna otra universidad, contempla atónito el recién descubierto rostro de la mujer con la que lleva compartiendo lecho media vida.
Durante unos minutos, todos olvidan al hermano muerto.

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Al entierro de una hoja seca
se van dos caracoles
tienen la concha oscura
crespón llevan de moño
bajo los arreboles
se fueron sin premura
una tarde de otoño

Cuando llegaron era
ay ya la primavera
todas las hojas secas
habían resucitado
y cada caracol
se sintió muy frustrado
mas aparece el sol
el sol que apenas nace
les habla y así empieza
sentaos aquí si os place
un vaso de cerveza
tomárselo en un tris
mas si lo preferís
tomad quizá os aguarde
el bus para París
partirá por la tarde
veréis a vuestro antojo
la campiña feliz
sin luto así me alegro
lo digo sin sonrojo
porque el luto de negro
pone el blanco del ojo
y lo vuelve a uno feo
esos cuentos de féretros
oírlos no deseo
por ser de triste género
revestid por favor
de la vida el color
luego animal y bestia
los árboles las plantas
entonaron con brío
perdiendo la modestia
forzando las gargantas
la canción del estío
como el calor les arde
brinda todo el gentío
es una linda tarde
linda tarde de estío
y los dos caracoles
se van a casa en fila
se van sin desencanto
dichosos los alcoholes
como bebieron tanto
vacilan un poquito
desde el cielo infinito
la luna los vigila.

Jacques Prevert. Versión de Enrique Uribe White

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Copio dos fragmentos de dos cuentos del libro La cerilla (Barcelona, Península, 1983), de Llorenç Villalonga, el que alguien dijo que era el Proust español. No voy a entrar a discutir eso ahora. El primero es un diálogo entre un sacerdote de los de antes del Concilio y su hermano, un calamidad venido a asesino. El segundo me ha gustado especialmente, aunque todavía no sé decir por qué.

“El encubridor” (121-122)
– Será mejor que no vuelvas a decir nada.
– Pero no he aludido para nada al muerto.
Sólo hubiera faltado eso.
– Está bien, pero calla. Nadie os acusa. Nadie os vio. La única prueba contra vosotros sería un pañuelo que Joan dejó en Son Gotlen junto al muerto como el que deja una tarjeta de visita.
– Yo no recuerdo que llevara pañuelo -replicó Joan recobrando un tanto el coraje tras la comida-, pero en cualquier caso podría decir que no es mío.
– Lleva bordadas tus iniciales, está cubierto de sangre y lleva, además, tus huellas dactilares -dije mostrando el pañuelo. Los dos se quedaron atónitos.
– ¿De dónde lo has sacado?
– No tenéis por qué saberlo. Esto, Joan, es sangre del muerto. ¿Qué dirías si te la restregara por la cara?
– ¡Calla!
Me enfurecía por momentos su actitud de cobarde.
– ¡Contesta! -le grité, estampándole, Dios me perdone, el pañuelo por la boca.
Él estaba lívido.
– Vomitaré – dijo.
– Nadie te impide que lo hagas. Creo, precisamente, que te conviene vomitar los demonios y la cobardía.
Pero había que salvarlo.

“La cerilla” (77-78)
En el duermevela, revivía la impresión que me produjera, tiempo atrás, cierto predio que mi mujer poseía en Rubines. Era un escenario de novela policíaca, próximo al cementerio y con todos los requisitos par aun crimen pavoroso aunque no se hubiera cometido ninguno. El autor de la sorpresa había sido el tiempo, más inexorable que cualquier asesino. Por circunstancias especiales y después de un pleito, las tierras habían permanecido sin labrar y la casa cerrada durante años, hasta que un día, la curiosidad me impulsó a visitarla y fue como haber asistido a un espectáculo mágico. No había pisado aún el antro abandonado cuando dos conejos aparecieron y desaparecieron como una exhalación. El viento había desvencijado la puerta que daba al corral donde un gran montón de escombros me impidió la entrada. me subí por una escalera que siempre había sido oscura y que ahora, de pronto, aparecía inexplicablemente luminosa. Un rayo de sol me hirió en los ojos en un recodo: todo el muro de una habitación se había venido abajo y tapaba la entrada al corral donde florecía una vegetación disparatada. La yedra invadía la habitación, convertida ahora en galería descubierta, y trepaba por el cabezal de una cama del que saltaron una manada de ratas. “Una habitación menos”, pensé. Pero al fondo de un corredor, como tocada por una varita mágica, había surgido otra: una pared medianera endeble se había hundido en parte descubriendo un pequeño cubículo en el que instintivamente busqué a un ahorcado colgando de las vigas. No había ninguno, pero supe después que sesenta años antes había muerto allí un tísico”.
————————————-
En lugar de “tísico” había leído “físico” y al percatarme de mi error, toda la atmósfera ha explotado como una pompa de jabón. Gajos del ofidio.
Gracias por el libro, Bárbara Silver, el relato de “Jantipa” me ha encantado y debería ser lectura que acompañara los textos de Protágoras, Gorgias, Isócrates, Platón y Aristóteles que se leen en toda asignatura de retórica.

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Como tenía la certeza clara y distinta de que algo así aparecería, ni tuve prisa, ni me molesté en buscarlo. Ha sido Sin Permiso quien, como en otras ocasiones, me ha hecho llegar al correo otro texto de Ferlosio, ahorrándome así el hastío y la mala sangre que me provoca el tener que leer los periódicos. Copio:

“Personalmente, he tratado muy poco con Miguel Delibes; nos hemos visto dos veces; sin embargo, puedo decir que la primera duró una semana, en la que nos veíamos a diario. En los años cincuenta -debió de ser el 57 o el 58-, al Ministerio de Cultura -o como se llamara por entonces- le dio por organizar viajes de escritores, para que conociéramos España y, probablemente, también para que nos conocieran en distintas regiones. Los elegidos por el ministerio seríamos una veintena y, con los acompañantes, llenábamos un autobús. De amigos míos anteriores venían Medardo Fraile, Ignacio Aldecoa, José María de Quinto, y la región destinada era La Mancha. Y allí venía también Miguel Delibes, seis años mayor que yo, un hombre alto y muy guapo, jovial, simpático, que enseguida le cayó bien a todo el mundo y al que yo mismo me arrimaba siempre que podía. Me limitaré a contar sólo un detalle, que fue muy celebrado, porque lo he tenido siempre muy vivo en la cabeza: inventó un neologismo. Era en relación con el sistema de hospedaje que habían establecido en casi todos los pueblos que visitamos, pueblos muy grandes, como es propio de La Mancha: en cada pueblo el ministerio había concertado que entre los notables más o menos ricos se repartiesen a los escritores, uno cada uno, para que le preparasen una habitación con una cama. Estos vecinos no sólo eran personas muy educadas, sino que, aunque muchos completamente ajenos a la literatura, parecía que les hacía ilusión hospedar a un escritor y ponerse a su lado en las comidas colectivas. Pues bien, al segundo día estábamos dos o tres charlando con Delibes cuando nos contó que había leído una novela de aventuras en la que un barco con una veintena de europeos visitaban algunas islas del Pacífico, si no recuerdo mal, y unas tribus de indígenas muy hospitalarios habían acordado que cada uno de los extranjeros fuese acogido y hospedado por uno de los notables del lugar y, tal como se cuenta de otras culturas antiguas, la hospitalidad comportaba una relación de honor y un vínculo permanente análogo a una especie de parentesco; pues bien, en aquellas islas, el vínculo establecido entre el indígena y el europeo se designaba como “tayo”, y no puedo recordar si el nombre era recíproco, tanto del huésped como del hospedado, o sólo el huésped era tayo del segundo. El caso es que todos celebramos tanto la comparación de Delibes con nuestro propio sistema de hospedaje, que el neologismo se extendió inmediatamente y todos acabamos diciendo “mi tayo” para designar al vecino que nos hospedaba.

Muchísimos años después he conocido a Miguel Delibes de Castro, que se ocupaba del Coto de Doñana y entre los dos hicimos un trabajo -yo de entrevistador y él de entrevistado– sobre cuestiones de la “naturaleza” y la conservación de las especies; a él quiero dedicar mis sentimientos por la muerte de su padre”.

Rafael Sánchez Ferlosio.

El País, 13 marzo 2010

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Una tarde que iba al colegio después de comer me topé con media docena de gitanas que habían rodeado, con evidentes y explícitas ganas de bronca, a una de mis mejores amigas y a otra niña de mi clase. Si esto ocurriera ahora, no dudaría ni un segundo en quedarme a su lado, primero, para que ellas no se quedaran solas, y segundo y más importante, para que no se sintieran solas. Sin embargo aquel día el miedo a las gitanas me hizo comportarme como una cobarde y, en lugar de meterme yo también en el círculo en el que las habían encerrado, permanecí fuera mirando y esperando sin saber muy bien qué hacer.

La cosa no llegó a mayores: mi amiga y la otra niña hicieron lo que las gitanas no esperaban que hicieran, precisamente porque eran más y porque conocían el miedo que los payos le suelen tener a los gitanos: aún encerradas en el círculo y en clara minoría numérica, les plantaron cara, y precisamente por ello, las gitanas abrieron el círculo y las dejaron marchar.

Ese día no se me ha olvidado nunca, y me alegro, porque, si bien me avergüenzo de mi comportamiento, -qué es una bofetada o un puntapié un tirón de pelo comparado con cargar con la vergüenza de la deslealtad toda la vida-, me sirvió para dos cosas: nunca más he tenido miedo de nadie sólo por su raza y nunca más he dejado de defender mis favoritos, ya fueran personas o cosas, ni por miedo ni por vergüenza.

Aunque no haya relación aparente, esta pública bajada de pantalones viene a cuento de la muerte de Miguel Delibes. Me ha ocurrido en muchas ocasiones que, ante ciertas preguntas sobre mis gustos literarios y mis autores y libros favoritos, incluía yo muchas veces al de Valladolid. Y cuál no sería mi sorpresa ante la reacción de quien me había interpelado. Una siempre había creído que cuando una persona preguntaba a otra por sus gustos y aficiones, ya se tratara de comida, bebida, libros, películas, música, colores, deportes, etc., la finalidad de la cuestión era, o bien conocer mejor al  interpelado, o bien entablar una conversación. Si la respuesta resulta muy sorprendente, siempre existe la opción de preguntar, educadamente, el origen o la razón de tales preferencias. Pero, cuán equivocada estaba, pues, en la mayoría de los casos, el único fin de tales cuestionarios es, no ya enjuiciar las elecciones, -que ya me toca bastante las narices, desde cuándo hay que rendir cuentas por las querencias y los amores-, sino opinar sobre ellas.

Y resulta que los más modernos y los más postmodernos, los nocillos urbanitas que sólo citan fernandeces para no ser excluidos de la mamada, no pueden comprender cómo alguien puede leer a Delibes voluntariamente. Y se permiten despreciar toda la obra de Delibes, como si la hubieran leído entera y pudieran ofrecer una crítica argumentada en lugar de una sarta de adjetivos que suele comenzar con “castellano”, porque siempre hay quien confunde los gentilicios -catalán, vasco, latino- con insultos y suele acabar con “realista”.

Lo que no acaba una de entender es qué tiene que ver el sentido del gusto, ese fenómeno largamente analizado desde el siglo XVIII gracias, entre otros, al filósofo escocés David Hume, con la calidad. Porque no seremos tan mamarrachos ni tan pedantes de decir que sólo nos gusta lo bueno, ni tan oligofrénicos como para asegurar que es bueno sólo lo que nos gusta, ¿no? Que a alguien no le guste Delibes no debería impedirle reconocer la grandeza de Los santos inocentes, por citar sólo una.

Recuerdo que, cuando dejé la literatura juvenil, los dos primeros libros que ataqué, entre los varios que había en mi casa, fueron Cementerio de animales de Stephen King y Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, dos novelas bien distintas entre sí que, sin embargo, comparten el hecho de estar vertebradas en torno a la muerte. Me gustó tanto el monólogo de la viuda con el cadáver de su no tan querido marido que después, a lo largo de los años, leí otras 12 o 15 novelas suyas más, desde La sombra del ciprés es alargada hasta El hereje, pasando por Mi idolatrado hijo Sisí El príncipe destronado, y en todas encontré la escritura de alguien que dominaba a la perfección el tema del que en cada caso hablaba y un lenguaje caracterizado por su riqueza y por su precisión, virtudes ambas que, entre los españoles, sólo he vuelto a encontrar en igual y mayor grado en Ferlosio y que ya quisieran para sí muchos de los que se autoproclaman escritores y sin embargo aún tienen problemas con algo tan básico como es la concordancia.

Delibes no se limitó, como se suele decir, a escribir sobre la naturaleza, ya sabéis, los ciclos naturales, el paso de las estaciones, la caza y la pesca, la flora y la fauna, etcétera, sino, que, sobre todo, me ofreció la mejor manera de calibrar la naturaleza que más me interesa, que es la naturaleza humana. ¿Cómo? A través del retrato descarnado de su crueldad. Y digo retrato, y no crítica, porque al igual que decíamos el otro día que Tucídides “escribió la guerra del Peloponeso” y no “sobre la guerra del Peloponeso”, creo que Delibes no “escribió sobre la crueldad” sino que “escribió la crueldad”. Y quizá porque no hay comportamiento humano que me merezca más desprecio, aprecio tanto sus novelas, porque fueron una buena herramienta para aprender a detectarla y rechazarla.

Así que, modernos, postmodernos y demás miembros de la hélice estético-intelectual de España, cuidaos mucho de despreciar los gustos ajenos, no sea que alguien que quiera mostraros -obras son amores- que los favoritos no sólo son intocables, sino también imitables, coja la escopeta de caza y -a riesgo de ser confundido con Pérez-Reverte- os descerraje dos tiros en vuestro lustroso y bienoliente culo de diseño, ese culo siempre triste por no haber conocido nunca el placer de cagar en el campo.

Miguel Delibes (Valladolid, Castilla, 17 de octubre de 1920 – ib., 12 de marzo de 2010)

ACLARACIONES: no soy castellana (soy de Santander, que, como todos sabemos, es mucho peor), no vivo en el campo, no me sé el nombre de casi ningún vegetal que no se coma, no soy cazadora, no me gusta la gente armada, no creo que la paz sea el fin sino el camino, no soy racista, casi toda mi vida he vivido entre gitanos y entre castellanos, tengo amigos modernos y postmodernos, me han gustado algunos textos de Agustín Fernández Mallo y me he reído con Eloy Fernández Porta.

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