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Posts Tagged ‘cementerios’

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Jaime Bateman, el “comandante Pablo”, fue, primero, miembro de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y después, fundador y líder de la guerrilla urbana M-19 (Movimiento 19 de abril de 1970). Murió en un accidente de avión y su cuerpo estuvo desaparecido nueve meses.

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“Asciendes eternamente por una colina calva y de pronto te encuentras en un valle umbroso,  entras por un portal y estás en la calle, te pierdes un poco por el bazar y de súbito te hallas rodeado de lápidas mortuorias. Porque igual que la propia muerte, los cementerios de Constatinopla están en medio de la vida” (148).

W. G. Sebald, Los emigrados. Barcelona, Anagrama, 2006. Trad., Teresa Ruiz Rosas.

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Fotos cortesía de Dani Juste.

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El santuario del Señor Caído está enclavado en la cumbre de Montserrate, uno de los cerros orientales que ponen límite natural a la ciudad de Bogotá.

Viernes Santo es el día de peregrinación por excelencia. Hay penitentes que suben de rodillas los miles de escalones, pero yo, que no sé nada del pecado, solo dudé si alcanzar la cima en teleférico o funicular, y si me decidí por este último fue solo porque la fila corría más rápido. Así todo sufrí lo mío, no de dolor, sino de angustia: el vagón lleno en toda su capacidad y yo contra el cristal de la parte inferior, condenada a mirar hacia abajo a medida que ascendíamos sin poder dejar de pensar que el cable que tiraba de semejante mole haciéndola ascender por la montaña iba a fallar y nos íbamos a estampanar contra nuestro origen y a convertirnos en un amasijo de hierros, huesos fracturados, vísceras reventadas, carne desgarrada y una importante cantidad de escandalosa sangre.

“Que no sea hoy el día en el que tenga lugar la desgracia del funicular de Montserrate”. Ya veía los titulares en la prensa.

cementerio altitudUsted se encuentra a 3.200 M.S.N.M. (metros sobre el nivel del mar)

Una vez arriba, fuera y a salvo respiré hondo y me dispuse a pasear. En contra de mis expectativas de persona que pasa la mayor parte del tiempo encerrada, encontré una cumbre llena de basura, algo que empieza a ser habitual en muchos lugares turísticos (y no turísticos). Por ese motivo no debería haberme sorprendido la continuidad entre esos desechos y los que tapizaban el interior, pero el caso es que nunca antes había visto sucia una iglesia.

No supe entonces, y sigo sin saber ahora, si todos aquellos restos de envoltorios y todas aquellas botellas de plástico pisoteadas eran la consecuencia del turismo religioso, su medio o su fin, pero la escena tenía todo el aspecto de ser la venganza de los mercaderes contra Jesús por haberlos echado del templo.

Pensé entonces que hallar basura en un santuario solo podía socavar la fe, no ya en lo divino, sino en lo humano: que los hombres creen en los dioses precisamente porque no pueden creer en los hombres.

Dejando aparte las dudas sobre la relación de lo espiritual con lo material, me alucinó el pelazo del Señor Caído. (Y empiezo a sospechar que la fe que despierta la figura de Jesús flaquearía si se lo representara con el pelo corto).

señor caido

Señor Caído de Monstserrate

Me llamó la tención encontrar nichos y tumbas a esa altura, y me quedé con la curiosidad de si todos los que allí yacen murieron in situ o había entre ellos algún caprichoso que, habiendo fallecido en otro lugar, tuvo como última voluntad ser subido hasta la cima para pasar la eternidad más cerca del cielo.

cementerio pax

cementerio nichos
cementerio tumba máx 1

Contemplando esta colorida y privilegiada tumba me hallaba cuando las nubes, aprovechando el numeroso público y lo apropiado de la fecha y el lugar, decidieron hacer el show y abrirse para dar paso a una luz de esas que hacen exclamar, ¡mira, se está apareciendo Dios!

cementerio lux

Fiat lux

Tras reconocer la victoria aplastante de las nubes sobre las botellas de plástico y con el fin de evitar caer en las garras de la ansiedad otra vez, decidí ignorar mi billete de bajada en el funicular e inicié el descenso andando, en la creencia de que todo sería mejor. Pero sobre las penurias que el descenso me deparaba hablaremos en otra ocasión. De momento les dejo con este infantil e inquietante cementerio de palitos de helado que descubrí al borde de la vereda: detective Rust Cohle, siempre hay un camino a Carcosa.

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