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Posts Tagged ‘como se muere se vive’

En el mismo tramo de calle donde el 11 velaban a Jorge en su ataúd, hoy había una ruidosa celebración de barrio. Al principio he pensado que sería algún rito de resurrección dedicado al tal Jorge, pero en un segundo momento me he percatado de que la cosa no iba con la casa del finado, sino con la de enfrente, en cuya fachada azul claro colgaba un pendón que rezaba: “Señor de la Misericordia. Bienvenido a esta casa. Familia Chávez”, ilustrado con una imagen, no del tal señor, como sería de esperar, sino de la virgen de Guadalupe. Esto me ha creado un poco de confusión.
Los músicos, ocho hombres vestidos de negro con chaleco verde -bombo, platillos, tambor, tuba, dos trombones y trompeta-, han tocado un popurrí que ha pasado del pasodoble a la charanga y demás ritmos acelerados que han sido seguidos sin una mínima muestra de cansancio por todos los danzantes, entre los cuales había niños, mujeres y hombres, algunos de una edad tan avanzada como para haber muerto de un paro cardiaco en pleno éxtasis bacante.
A lo trepidante de la música y el baile hay que añadir lo vistoso de los ropajes: lo más parecido que he visto en mi vida en cuanto a confección y tejido son las largas túnicas y capas de los reyes magos de las cabalgatas de navidad; las combinaciones de colores, sin embargo, eran más propias de los trajes de luces que se ven en los ruedos: sangre y negro, verde y oro, plata y azul… En un momento dado los danzantes han formado un corro y cada uno ha agarrado la capa del que tenía delante y la ha extendido y ha sido entonces y solo entonces cuando las he podido contemplar en toda su grandeza y no miento si digo que uno llevaba una capa de Jesucristo, otro una capa de la virgen de Guadalupe, otro una capa de San Pablo, el siguiente una capa de la virgen del Carmen, el otro una capa de la virgen del Cobre…. Por amplia superioridad numérica ganaba la Lupita, a pesar de que cada cual la había versionado según su gusto, creatividad y capacidades en distintos tonos, tamaños y materiales, hasta el extremo de que alguno había remedado la brillante aura con chapa metálica.
Una parte de la coreografía me ha recordado la danza de las farotas de Colombia, en la que los hombres se disfrazan de mujeres, y ha sido entonces cuando he caído en la cuenta de que, a pesar de la diversidad, todos, hombres, mujeres y niños, compartían una intención de uniformidad, no solo por el vestuario, sino porque todos llevaban la cabeza cubierta, la mayoría con pañuelos, salvo uno, levemente siniestro, con un pasamontañas negro, (no sé si son capaces de visualizar semejante eclecticismo estético); lo que no he conseguido averiguar a través de la mera observación es si el objetivo era que todos parecieran mujeres o que todos parecieran hombres, porque en ese instante los más viejos se han puesto a girar como derviches.
En la espalda de los músicos, bordado en letras doradas sobre el verde, se leía “La libertad”, lo que, lejos de pretender ser ninguna personificación, intuyo que era el nombre de la banda, hipótesis que ha confirmado la imagen de la estatua de la libertad, antorcha en alto, pintada sobre el bombo, que ha sido golpeada con tanta saña por el Manolo mexicano que ha desbaratado cualquier intención que yo pudiera haber tenido de hacer ninguna metáfora fácil.
Súbitamente, la música ha cesado, los danzantes han formado un círculo y, alzando sus brazos, han gritado al unísono:
¡Se ve, se siente, el Señor está presente!
¡Se ve, se siente, la Virgen está presente!
¡Se ve, se siente, San Juditas está presente!

Totalmente fascinada, me he alejado calle abajo y he regresado a la sobriedad del silencio postnuclear.

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“Lo que más me da rabia es que Álvaro no había sido jamás tan encantador, tan humano y tan lúcido como en esa semana que pasamos en Nueva York. En el hospital había conocido a una muchacha que, según me dijo, era muy bella cuando la vio por primera vez, y que en menos de quince días se había vuelto espantosa. Álvaro le había prometido llevarle un libro que ella quería leer en los pocos días de vida que le quedaban. La urgencia con que lo compró, la prisa con que se lo llevó a la muchacha y la sensación de descanso con que salió del hospital me parecieron completamente insólitas en aquel Álvaro prometedor y olvidadizo que todos conocíamos. No sólo parecía curado de su en enfermedad, sino también de sus defectos, y había adquirido por fin la serenidad de juicio que nunca tuvo; ya nadie le parecía tan ratero como antes, ni nadie era tan hijueputa, ni tan bruto ni tan mal escritor. Aquella súbita reconciliación con el mundo la explicaría cualquier mal literato como una consecuenca de haberle visto la cara a la muerte, pero a mí me pareció simplemente sobrenatural.”

Carta de Gabriel García Márquez a Alfonso Fuenmayor
Barcelona, 3 de noviembre de 1972
(Álvaro acababa de morir el 12 de octubre)

Álvaro Cepeda SamudioÁlvaro Cepeda Samudio

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LU00075602Ludwig en la I Guerra Mundial:

 

“Puedo morir dentro de una hora, puedo morir dentro de dos horas, puedo morir dentro de un mes o dentro de algunos años. No puedo saberlo y nada puedo hacer ni a favor ni en contra: así es esta vida. ¿Cómo he de vivir, por tanto, para salir airoso en cada instante? Vivir en lo bueno y en lo bello hasta que la vida acabe por sí misma.”

 

Ludwig Wittgenstein, Diarios secretos, 07/10/1914

 

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Un pueblo del interior de Colombia a orillas de la gran ciénaga del río Sinú.
Una casa familiar rodeada de una grande y paradisíaca finca que es al tiempo jardín, bosque y huerta.
Una familia de profesores, todos entre los cincuenta y los sesenta.
Uno de ellos, el artífice de la laberíntica casa, mezcla de arquitectura española, catalana, francesa y egipcia, ya muerto.
Ya de noche, todos beben cervezas en el jardín, bajo los árboles, entre la casa y el pozo. Charlan y se turnan en la tarea de pinchar música.
En un momento dado, le piden a la invitada española canciones de una época pasada, canciones de cuando ellos eran jóvenes y escuchaban la música que llegaba de España y canciones que cantaba su hermano cuando llegó de su viaje por España y comenzó a construir la casa.
Ella repasa mentalmente la música que dibujó el mapa emocional de la generación de sus padres y hace sonar temas que no escuchaba desde hace años.
De repente, una de las mujeres, profesora de lingüística en alguna universidad, pide Los toreros muertos. Cuando comienza a sonar “Mi agüita amarilla”, se arranca alegre a cantarla cerveza en mano. Con la risa en los ojos y en la boca, corea eso de “tu madre lava la vajilla con mi agüita amarilla”.
Su marido, profesor de filosofía en alguna otra universidad, contempla atónito el recién descubierto rostro de la mujer con la que lleva compartiendo lecho media vida.
Durante unos minutos, todos olvidan al hermano muerto.

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«Según Demócrito, los cuerpos muertos tienen sensaciones.»
Alejandro de Afrodisia, Tópicos, 21, 21 (68 A 117; lo mismo en Aecio, IV, 9, 20)

«Demócrito dice que todas las cosas participan de un determinado tipo de alma, incluso los cuerpos muertos, porque es evidente que mantienen algo de calor y de sensibilidad cuando su mayor parte ha sido ya exhalada.»
Aecio, IV, 4, 7 (A 117)

«Demócrito llama la atención sobré el crecimiento, en la tumba, de las uñas y el cabello durante cierto tiempo.»
Tertuliano, De anima, 51 (A 160)

«Demócrito, en lugar de admitir la existencia de signos (o síntomas) seguros de la aproximación de la muerte, declaró que no existen, en absoluto, indicios seguros mediante los cuales puedan los médicos convencerse a sí mismos de la terminación de la vida.»
Celso, II, 6 (A 160)

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“… no veo la hora de ser sepultado, no sé por qué pero por nada del mundo alargaría mi vida. Es cierto que economizo mis esfuerzos, ciertamente me reservo, pero es sólo para degustar mejor mi propia muerte, quiero estar terriblemente sano ese día. He pensado muchísimas veces en el momento de exhalar el último suspiro, y me duraría mucho más de un segundo, y después me cerraría aún en vida yo mismo los ojos, contendría la respiración y en el esfuerzo me fallarían las fuerzas. Parece una situación poética, aunque os riáis, pero es mi sueño predilecto. Lo más extraordinario es que no me ocurre nada, sólo un gran bienestar que me hace caer en la tumba, en la tierra, y después oscilo, porque los demás muertos me hacen sitio. Finalmente me hallo bajo tierra” (16 – 17).

Fleur Jaeggy, El ángel de la guarda. Barcelona, Tusquets.

Cuadernos ínfimos, 48.

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“Bajé el puente y entré a un galpón inmenso que no conocía. Era la famosa terminal de buses intermunicipales atestada por los muertos vivos, mis paisanos, yendo y viniendo apurados, atareados, preocupados, como si tuvieran junta pendiente con el presidente o el ministro y tanto que hacer. Subían a los buses, bajaban de los buses convencidos de que sabían adónde iban o de dónde venían, cargados de niños y paquetes. Yo no, no sé, nunca he sabido ni cargo nada. Pobres seres inocentes, sacados sin motivo de la nada y lanzados en el vértigo del tiempo. Por unos necios, enloquecidos instantes nada más…”
Fernando Vallejo, La Virgen de los sicarios. Alfaguara.

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