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Posts Tagged ‘como se vive se muere’

“Asciendes eternamente por una colina calva y de pronto te encuentras en un valle umbroso,  entras por un portal y estás en la calle, te pierdes un poco por el bazar y de súbito te hallas rodeado de lápidas mortuorias. Porque igual que la propia muerte, los cementerios de Constatinopla están en medio de la vida” (148).

W. G. Sebald, Los emigrados. Barcelona, Anagrama, 2006. Trad., Teresa Ruiz Rosas.

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doble sentido

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la tabla del 3

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Los baterías también se mueren, pero no todos tocaron en una banda llamada “Elvis A Presley” ni tienen un aviso urgente de exhumación en su nicho.

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Colorido mosaico

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Sencillo motivo y suaves colores para J. M., alias “Gaitán”, que nació el mismo día que asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán (9 de abril de 1948), acontecimiento que dio lugar al Bogotazo y la década de la violencia.

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Un modelo de nicho muy repetido: una especie de escenario protegido mediante una puertecita de cristal con cerradura

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Cada uno se llama como (su madre) quiere: “Ecce Homo V. B.”

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Cada uno se llama como (su madre) quiere II: “Columna de Largo”

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Habla el fantasma de Lucio, el hermano de Ovidio muerto a los 20 años:

“Pero en el fondo sabes que todo lo hermoso y grandioso de tu existencia ya pasó. Sabes que sufrirás en medio de la agonía. La pausa de esta primavera es tan ilusoria como la esencia de la primavera misma. Te esperan días solitarios y enfermos. Nadie te cerrará los ojos cuando mueras. Nadie pronunciará tu nombre desde las orillas de la vigilia como lo pides continuamente a los dioses. Ellos, y eso lo has reconocido en tus momentos más lúcidos, te han olvidado para siempre. Eres un hombre despojado de los dioses, un hombre además, incapaz de inventarlos. Y nadie, Ovidio, lavará tu cuerpo, ni lo vestirá, ni habrá ramas de pino alrededor de tu mortaja. Nadie llevará las máscaras de nuestros padres ni siquiera la mía, a tus funerales, porque no tendrás funerales como corresponde a los malditos. Nadie cavará una tumba para ti al pie de un camino, y tu epitafio, así lo hayas escrito ya, jamás será leído. Estarás solo, y solo, Ovidio, la muerte te acogerá. Ésta y no otra es la última dádiva que te dará el exilio” (66).

Pablo Montoya, Lejos de Roma. Medellín, Sílaba, 2014.

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Señal

“Ha buscado desde hace tanto la señal en los cielos, pero todo parece indicar que lo olvidaron. De mes en mes llega la avioneta; es el único medio de transporte, y el pueblo la recibe con estrépito, con los brazos abiertos. Él contempla fijamente a los viajeros, uno por uno, y después desaparece. Y sigue aguardando. No tiene un negocio estable, y muchos todavía se preguntan qué hace aquí, de pie, desde hace años, contemplando los cielos. A principio resultaba sospechoso. Después loco. Después un tipo de peligro, que huye para que no lo maten; después cualquier fulano que ha venido a morir a este último rincón del mundo; después un habitante más, uno de todos, como cualquier otro. Él no quiere comentar de la señal a nadie, ni siquiera a la mujer del carpintero, que de vez en cuando duerme a su lado, casi por misericordia. Es un solitario, en la selva. Nunca baja a beber cerveza. Vive sin ningún perro, con una olla y una hamaca y un cuaderno. Nada le falta, excepto la señal: lo más importante, lo esencial, la viva herida, la causa de que soporte todo esto. Algún error debió suceder cuando acordó el sitio de la espera: ¿era otro sitio el indicado para contemplar los cielos?

Así envejece, igual que la mujer del carpintero, igual que el carpintero, igual que el pueblo, igual que la señal, que ya murió, cansada de buscarlo, de aterrizar en otros puertos, vieja y desdentada, aterrada de haber equivocado para siempre el sitio del encuentro” (19-20).

Evelio Rosero, 34 cuentos breves y un gatopájaro. Bogotá, Destiempo libros, 2013.

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“En Viena, todo lo que se expresaba con música o color se convertía en motivo de fiesta: procesiones religiosas, como la del Corpus, desfiles militares, la «Burgmusik», incluso los entierros tenían una concurrencia entusiasta, y la ambición de todo verdadero vienés era tener unas buenas honras fúnebres, con mucha pompa y un gran séquito; un verdadero vienés convertía incluso su muerte en un espectáculo para los demás” (37).

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, “El mundo de la seguridad”. Barcelona, Acantilado, 2011. Trad.: J. Fontcuberta y A. Orzeskek.

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