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Posts Tagged ‘como se vive se muere’

“Un día, era verano, estaba lloviendo, los niños arrastraron a Menuchim fuera de la casa y lo metieron en la cuba en la que se había acumulado el agua de lluvia de medio año. Allí nadaban gusanos, restos de fruta y cortezas de pan enmohecidas. Lo sujetaron por las piernas torcidas y unas doce veces le hundieron la ancha cabeza gris en el agua, con al esperanza regocijada y atroz de sacarlo muerto. pero Menuchim vivió. Resolló, escupió el agua, los gusanos, el pan enmohecido los restos de fruta, y vivió. No le ocurrió nada.  Entonces los niños lo metieron de nuevo en casa, en silencio, muertos de miedo. Un gran temor ante el dedo meñique de Dios, que acababa de hacerles una leve advertencia, embargó a los dos muchachos y a la chica. En todo el día no dijeron una palabra.. Tenían las lenguas pegadas al paladar. Sus labios se abrían para formar una palabra, pero ningún sonido salía de sus gargantas. Dejó de llover, salió el sol y los arroyuelos corrieron alegres por los bordes de las calles. Habría sido el momento de soltar los barquitos de papel y mirar cómo nadaban y chocaban entre sí. Pero no ocurrió nada de nada. Los niños se arrastraron de vuelta a casa, como perros. Durante toda la tarde esperaron que Menuchim muriera. Pero Menuchim no murió.

Menuchim no murió. Siguió con vida. Un tullido fuerte” (pp. 26-27).

Joseph Roth, Job. Historia de un hombre sencillo. Barcelona: Acantilado, 2007. Trad.: Berta Vías Mahou. [Hiob. Roman eines einfachen Mannes, 1930].

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“”Aunque estés seis pies bajo tierra, tapado por la hierba… nada te puede suceder… Estate, pues, alegre, alegre: nada te puede suceder”. Estas palabras de uno de los personajes del dramaturgo austriaco L. Anzengruber impresionaron a Wittgenstein: expresarían perfectamente el intento de salvarse de los tormentos de la conciencia. O, también, de la muerte. Todo estriba en que la muerte no nos muerda. Quien vive el presente vive eternamente. Quien teme a la muerte no ha ajustado su conciencia. Incluso quien se suicida “peca”, ya que se trata a sí mismo como si fuera un acontecimiento más. La expulsión de la muerte es la consigna central de la “vida buena” wittgensteiniana” (p. 25).

Javier Sádaba, Lenguaje, magia y metafísica. (El otro Wittgenstein). Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1992.

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“Este Hotel Savoy era como el mundo; hacia el exterior irradiaba una poderosa ostentación; la magnificencia parecía imperar en los siete pisos, pero en el interior habitaba la pobreza. Los pobres estaban en la parte de arriba, enterrados en tumbas bien ventiladas , y las tumbas se amontonaban sobre las cómodas habitaciones de los ricos, instalados abajo, tranquilos y holgados, sin preocuparse por los ataúdes de frágil construcción” (p. 42).

Joseph Roth, Hotel Savoy. Barcelona, Acantilado, 2004. Trad.: Feliu Formosa. (Hotel Savoy, 1924).

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“Mi abuela, que parecía un perro, andaba siempre barriendo el suelo de madera por las noches. Yo era muy pequeño, odiaba a la abuela y la escoba y me gustaban los trozos de papel, las colillas y todo tipo de desechos. Rescataba de la escoba de la abuela todo lo que caía al suelo y me lo metía en los bolsillos. En especial, me gustaban las briznas de paja. De entre todos los objetos inanimados eran los que más vida tenían. A veces, cuando llovía, me ponía a mirar por la ventana. En las ondas de uno de los incontables arroyuelos que se formaban, bailoteaba, giraba, coqueta y despreocupada, una pajita, ajena al sistema de alcantarillado que se la llevaba y en el que acabaría por desaparecer” (pp. 7-8).

“Las briznas de paja bailoteaban, se arremolinaban, giraban coquetas y nadaban hacia la reja de la alcantarilla sin saber que aquello era su perdición. Yo ya no corría para detenerlas. Aunque estaba convencido de que debía hacerlo. La lluvia, la inocencia de la brizna, la reja y yo formábamos un todo. El día de lluvia estaba sombreado de gris. La brizna de paja moría ahogada. La rejilla se la tragaba. Y yo, a decir verdad, debería haber corrido a salvar la pajita. Cada uno tiene una misión que cumplir en el mundo ” (pp. 17-18).

“Planto mis experiencias como si fueran parras y observo cómo crecen. Soy perezoso. Y la nada es mi pasión. Sin embargo, desde que vi a la chica de la ventana viví en una tensión continua, como no la conocía desde los tiempos de mi adolescencia. Entonces yo aún era parte del mundo, una brizna de paja en la corriente de los acontecimientos, nadando, arrastra. Lloraba por la pérdida de una bolsa de papel, por la de cualquier fruslería. Desde que soy viejo, no lloro y no me río. Nadie puede causarme un disgusto así como así. He superado el dolor y la alegría” (p. 30).

Joseph Roth, Abril. Historia de un amor. Barcelona: Acantilado, 2015. Trad.: Berta Vías Mahou. (April. Die Geschichte einer Liebe, 1925).

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“Pues bien, era muy estúpida. Y lo sigue siendo hoy día. Ella le llevó a la tumba. Se ha vuelto vieja y bastante fea, pero sigue siendo estúpida. Sin embargo, por muy injusta y malvada que sea la naturaleza al hacer que los hombres se vuelvan ciegos cuando aman, compensa esa injusticia haciendo que el brillo de las mujeres que en otro tiempo deslumbraron a los hombres se apague bastante pronto y obligando a las viejas damas a que con los años recurran a la dudosa ayuda de peluqueros, masajistas y cirujanos para que sus pechos caídos, sus vientres, sus mejillas y sus muslos recuperen así una forma medianamente aceptable. Y así las mujeres que en otro tiempo fueron hermosas se precipitan en sus tumbas como si fueran una especie de figuras de yeso retocadas.” (pp. 22-23).

Joseph Roth, El triunfo de la belleza. Barcelona: Acantilado, 2003. Trad.: Berta Vías Mahou. (Triumph der Schönheit, 1934).

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“Asciendes eternamente por una colina calva y de pronto te encuentras en un valle umbroso,  entras por un portal y estás en la calle, te pierdes un poco por el bazar y de súbito te hallas rodeado de lápidas mortuorias. Porque igual que la propia muerte, los cementerios de Constatinopla están en medio de la vida” (148).

W. G. Sebald, Los emigrados. Barcelona, Anagrama, 2006. Trad., Teresa Ruiz Rosas.

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