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Posts Tagged ‘epitafios’

Masa
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

César Vallejo (Perú, 1892, Francia, 1938).

Georgette, su mujer, escribió: “Cuando él murió, estuve ciega durante cuatro horas. Estuve loca”.

En 1970, cumpliendo el deseo de Vallejo, Georgette traslada los restos mortales del poeta al cementerio de Montparnasse (12º División, 4º Línea del Norte, Nº 7) y escribe en su tumba este epitafio: “He nevado tanto, para que duermas”.

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“En la casa vivía también una criada, oscuramente vestida y que no tenía nombre porque era sordomuda. Se movía sobre una tabla de cuatro ruedas de madera y estaba disecada, pero sonreía de vez en cuando.

(…) A la criada se le secaron pronto aquellos parches y se puso buena otra vez. Pero otro día se la dejaron a la lluvia y se amolleció. También sanó de ésta, pero quedó más seca y encogida. Algún tiempo después enfermó de ictericia y se puso toda verde.

Así fue la criada de dolencia en dolencia, hasta que un día murió. Alfanhuí y su maestro la enterraron en el jardín con una lápida grabada con vinagre que decía:

ABNEGADA Y SILENCIOSA”

Ferlosio Alfanhuí, 20 y 22.

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Como la cosa va de gracietas filosóficas, ahí va una atribuida a Hobbes en este libro: la verdadera piedra filosofal es la lápida del cementerio.

Aunque si dilapidas, no hallarás dichosa lápida, sino glacial nicho.

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Yo no soy el sujeto de esos predicados.

Canción de despedida.

“I loved you then as I love you still though I put you on a pedestal, they put you on the pill I don’t feel bad about letting you go I just feel sad about letting you know (…) I loved the words you wrote to me but that was bloody yesterday I can’t survive on what you send every time you need a friend.”

Billy Bragg, A New England.

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La última palabra

Me escribe Luis Salcines para decirme que sale esta semana La última palabra, una recopilación de epitafios latinos reunidos y traducidos por la poeta, filóloga e historiadora santanderina Ana Rodríguez de la Robla (a quien no tengo el gusto de conocer) y publicados por Icaria. Copio entero el sinestésico poema de Quevedo que cita la reseña de la editorial:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversacion con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

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American cemeteries

Ms Wonderly se ha ido a París, esperemos que regrese descansada, contenta y con una cámara de fotos llena de cosas ricas.

Yo tampoco estoy en Madrid (ya sé que internet es cuasimundial, pero no tengo mi ordeandor porque, aunque es portátil, lo saco poco de casa), así que, como alguien se tiene que ocupar de cuidar las flores del cementerio, mando este enlace, cortesía de especies, para volver sobre la amplia polémica con Iñaki Gabilondo, que no fue ni polémica, ni amplia, ni con Iñaki. Fue algo que dijo Pilar en este comentario sobre el epitafio de Keats: las apuestas están entre “name” y “fame”. Pero como el nombre es cómo le dicen a uno y la fama es lo que se dice de uno, tampoco es una disyuntiva muy grave. Disfruten de Bob y Allen, Dylan y Ginsberg.

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Aprovechando que especies ha abierto la veda de los epitafios científicos, ahí va otro: el del físico Bruno Pontecorvo.

Bruno Pontecorvo

(Gracias por la foto, Miguel S. L.)

Y desde aquí hago dos peticiones:

1. A Christian: algo que quiera contarnos sobre el señor Pontecorvo, por compartir uds dos la cuádruple condición de físico, italiano y, en algún momento de su vida, habitante de Pisa y de Roma.

2. A Hugo: una foto de la tumba de Arquímedes, en Siracusa, Sicilia, cuyo epitafio es la fórmula por él descubierta que relaciona el volumen de la esfera con el del cilindro y el cono de la misma altura y diámetro.

r = radio

h = altura

Volumen del cilindro = (pr2h)

Volumen de la esfera = (4/3 pr3)

Volumen del cono = (1/3 pr2h)

V. cilindro (pr2h) = V. esfera (4/3 pr3) + V. cono = (1/3 pr2h)

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