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Posts Tagged ‘escatología’

Para Hugo

“Las matemáticas desaparecieron en Occidente -dejemos a un lado a los árabes, es algo más complejo- desde la época romana. Transcurrieron siglos sin que nadie pudiese entender textos como los de Arquímedes. No se sabía qué eran. Se copiaban para guardarlos en bibliotecas sin comprenderlos.  Y fue necesario que llegara la nueva generación de matemáticos del siglo XVI para que se  redescubriera  con entusiasmo el texto de Arquímedes. Eso es una resurrección. En el fondo, conservo del cristianismo la idea de que si algo es verdadero debe poder renacer. También por eso he escrito sobre san Pablo*” (p. 69).

Alain Badiou, Filosofía y la idea del comunismo. Conversación con Peter Engelmann. Madrid, Trotta. Traducción y epílogo: Jordi Massó. (Philosophie und die Idee des Kommunismus).

*Alain Badiou, San Pablo. La fundación del universalismo. Madrid, Anthropos, 2007. Presentación de Jesús Ríos Vicente.

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“Le había dado tres hijos, dos de los cuales habían muerto de viruela, y algunas veces hablaba de los niños muertos como si todavía estuviesen vivos; era como si no hubiese ninguna diferencia entre los hijos ya enterrados y el que había emigrado al conservatorio de Viena, que a ella le parecía muerto porque se había convertido en algo ajeno a su vida” (p. 57).

“Éste es uno de los misterios de las madres: no renuncian jamás a volver a ver a sus hijos, ni a los que creen muertos ni a los que verdaderamente lo están; y si fuese posible que un niño resucitase delante de su madre, ella lo cogería en sus brazos con toda naturalidad como si el niño no volviese del más allá, sino de algún lugar lejano de este mundo. Una madre siempre espera la vuelta de su hijo, lo mismo si ha emigrado a un país lejano que a uno próximo, o a la muerte” (p. 71).

Joseph Roth, La Cripta de los Capuchinos. Barcelona, Acantilado, 2010. Trad.: Jesús Pardo. (Die Kapuzinergruft, 1938)

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“Sentía todavía en su piel las huellas de las manos, tan queridas, de la muerta, y en sus propias manos calientes se escondía todavía el recuerdo del frescor del pecho de ella. Cerrando los ojos rememoró aquel cansancio pletórico en su rostro saturado de amor, la boca roja abierta, el blanco brillo de los dientes, el brazo torcido indiferente y en todas las líneas de su cuerpo, el reflejo constante de un reposo feliz en sueños sin deseos. Ahora los gusanos se arrastraban por sus pechos y sus muslos y una putrefacción minuciosa le devoraba el rostro. Cuanto más intensas se presentaban en la mente del joven las imágenes horrorosas de decadencia, tanto más violenta se desataba su pasión. Crecía esta, diríase, hasta la incomprensible infinitud de las regiones donde la muerta había desaparecido” (pp. 69-70).

Joseph Roth, La marcha Radetzky. Barcelona, Edhasa, 2012. Trad.: Arturo Quintana. (Radetzkymarsch, 1932),

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“Temer a la muerte no es otra cosa que creer ser sabio sin serlo, pues es creer que uno sabe lo que no sabe. Pues nadie conoce la muerte, ni siquiera si es, precisamente, el mayor de todos los bienes para el hombre, pero la temen como si supieran con certeza que es el mayor de los males.”

PLATÓN, Apología, 29a.

“No hay hombre que pueda conservar la vida si se opone noblemente a vosotros o a cualquier otro pueblo y si trata de impedir que sucedan en la ciudad muchas cosas injustas e ilegales.”

PLATÓN, Apología, 32a.

“Pero no es difícil, atenienses, evitar la muerte, es mucho más difícil evitar la maldad.”

PLATÓN, Apología, 39a.

“La muerte es una de estas dos cosas: o bien el que está muerto no es nada ni tiene sensación de nada, o bien, según se dice, la muerte  es precisamente una transformación, un cambio de morada para el alma de este lugar de aquí a otro lugar. Si es una ausencia de sensación de sueño, como cuando se duerme sin soñar, la muerte será una ganancia maravillosa…”

PLATÓN, Apología, 40c-d.

“Si, por otra parte, la muerte es como emigrar de aquí a otro lugar y es verdad, como se dice, que allí estarán todos los que han muerto, ¿qué bien habría mayor que este, jueves? Pues si, llegado uno al Hades, libre ya de estos que dicen que son jueces, va a encontrar a los verdaderos jueces, los que se dice que hacen justicia allí: Minos, Radamanto, Éaco y Triptólemo, y a cuantos semidioses fueron justos en sus vidas, ¿acaso sería malo el viaje? Además, ¿cuánto daría alguno de vosotros por estar junto a Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero?”

PLATÓN, Apología, 40e-41a.

“Yo estoy dispuesto a morir muchas veces si esto es verdad, y sería un entretenimiento maravilloso, sobre todo para mí, cuando me encuentre allí con Palamedes, con Ayante, el hijo de Telamón, y con algún otro de los antiguos que haya muerto a causa de un juicio injusto, comparar mis sufrimientos con los de ellos; esto no sería desagradable, según creo.”

PLATÓN, Apología, 41b.

“Y lo más importante, pasar el tiempo examinando e investigando a los de allí, como ahora a los de aquí, para ver quién de ellos es sabio, y quién cree serlo y no lo es. ¿Cuánto se daría, jueces, por examinar al que llevó a Troya a aquel gran ejército, o bien a Odiseo o a Sísifo o a tantos otros infinitos hombres y mujeres que se podrían citar? Dialogar allí con ellos, estar en su compañía y examinarlos sería el colmo de la felicidad. En todo caso, los de allí no condenan a muerte por esto. Por otras razones son los de allí más felices que los de aquí, especialmente porque ya el resto del tiempo son inmortales, si es verdad lo que se dice.”

PLATÓN, Apología, 41b-c.

“Es preciso que también vosotros, jueces, estéis llenos de esperanza con respecto a la muerte y tengáis en el animo esta sola verdad, que no existe mal alguno para el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto, y que los dioses no se desentienden de sus dificultades.”

PLATÓN, Apología, 41c.

“Pero es hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor  es algo oculto para todos escepto apra el dios”

PLATÓN, Apología, 42a.

Sócrates

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El escritor y periodista Álvaro Cepeda Samudio fue un miembro del Grupo de Barranquilla mucho menos conocido fuera de Colombia que Gabriel García Márquez. Los fragmentos a continuación pertenecen a “Los soldados“, el capítulo que abre su novela La casa grande, inspirada en la masacre de las Bananeras (Ciénaga>Magdalena>Colombia, 1928).

“Todavía no eran la muerte: pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos: marchaban con la muerte pegada a las piernas: la muerte les golpeaba una nalga a cada trance: les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda; una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación.
(…)
Estaban sentados sobre el techo del vagón. Y me acerqué. Uno bajó los brazos. No sé si iba a saltar. Cuando alcé el fusil, el cañón casi le tocaba la barriga. No sé si iba a saltar pero yo lo vi bajar los brazos. Con el cañón casi tocándole la barriga disparé. Quedó colgando en el aire como una cometa, enganchado a la punta de mi fusil. Se cayó de pronto. Oí el disparo. Se desenganchó de la puntal del fusil y me cayó sobre la cara, sobre los hombros, sobre mis botas. Y entonces comenzó el olor. Olía a mierda. Y el olor me ha cubierto como una manta gruesa y pegajosa. He olido el cañón de mi fusil, me he olido las mangas y el pecho de la camisa, me he olido los pantalones y las botas: y no es sangre: no estoy cubierto de sangre sino de mierda.

-No es culpa tuya, tenías que hacerlo.
-No, no tenía que hacerlo.
-Dieron la orden de disparar.
-Sí.
-Dieron la orden de disparar y tuviste que hacerlo.
-No tenía que matarlo, no tenía que matar a un hombre que no conocía.
-Dieron la orden, todos dispararon, tú también tenías que disparar: no te preocupes tanto.
-Pude alzar el fusil, nada más alzar el fusil, no disparar.
-Sí, es verdad.
-Pero no lo hice.
-Es por la costumbre: dieron la orden y disparaste. Tú no tienes la culpa.
-¿Quién tiene la culpa entonces?
-No sé: es la costumbre de obedecer.
-Alguien tiene que tener la culpa.
-Alguien no: todos: la culpa es de todos.
-Maldita sea, maldita sea.
-No te preocupes tanto. ¿Tú crees que se acuerde de mí?
-En este pueblo se acordarán de nosotros: en este pueblo se acordarán siempre, somos nosotros los que olvidaremos.
-Sí, es verdad: se acordarán.

La casa grande. Bogotá, Plaza&Janes, 1985.

 

Álvaro Cepeda Samudio

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926 – New York, 1972)

Gabriel García Márquez Álvaro Cepeda Samudio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gabriel García Márquez (arriba-izq.) y Álvaro Cepeda Samudio (abajo-centro)

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Operación Shangri-La

“El que está enterrado, está enterrado, y lo que tienen que procurar es… la gente, la gente que vive”

Vuelo a Shagri-La.

Un abrazo y un beso, pelirrojo.

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El joven Naneferkaptah, perteneciente a la familia real del faraón, amaba la elctura sobre todas las cosas y no hacía otra cosa que pasear por la necrópolis de Memphis leyendo las inscripciones de las tumbas de los faraones y las estelas de los escribas de la Casa de la Vida. Un día, mientras seguía la procesión de un enterramiento un sacerdote se rió de él.
– Por qué te ríes de mí.
– Si de verdad quieres leer cosas de importancia te diré el lugar donde se encuentra el libro que escribió Thot cuando bajó tras los dioses. Se compone de dos encantamientos: si lees el primero podrás encantar el cielo, la tierra, el más allá, los montes y los mares; podrás saber todo lo que dicen los pájaros del cielo y los reptiles y verás los peces de las profundidades de las aguas. Si lees el segundo, llegarás al reino de los muertos sin haber muerto y podrás ver a Ra apareciendo en el cielo con todo su esplendor.
– A cambio de que me digas dónde está el libro, pídeme lo que sea y te lo daré.
– Llegarás al deseo que ya deseas, pero yo soy un sacerdote y no un comerciante cualquiera y si quieres que tu oído conozca lo que mi boca ya sabe tendrás que cederme tus bienes y prerrogativas y privilegios.
– Así sea.
Y el sacerdote pidió la muerte de su mujer y de sus hijos, “pues no quiero que litiguen conmigo”. Y el infortunado joven los mandó traer y mandó que les hicieran “la atrocidad que te ha venido a la mente”. Y antes sus ojos los mataron y arrojaron sus cadáveres a los perros y a los gatos.
Entonces el sacerdote habló:
– El libro de Thot está en el agua de los mares, en una caja de hierro que lleva dentro una caja de cobre que lleva dentro una caja de madera que lleva dentro una caja de marfil y ébano que lleva dentro una caja de plata que lleva dentro una caja de oro, todas custodiadas por la serpiente de eternidad.
Y el joven, que sobre todas las cosas amaba la lectura, caminó hasta el mar, arrojó arena sobre él, abrió las aguas, caminó entre ellas, llegó hasta la serpiente, luchó con ella, la mató, ella revivió, la volvió a matar, ella volvió a revivir y la tercera vez, tras matarla, la cortó en dos mitades y puso arena entre ambas y por fin la serpiente murió y ya no revivió. El joven abrió todas las cajas, encontró el libro, lo cogió, salió del mar, las aguas se cerraron tras él y cuando llegó a Memphis abrió el libro.
Leyó el primer encantamiento y el cielo y la tierra, los montes, los mares y el más allá le descubrieron sus secretos y supo lo que decían los animales. Y quienes lo vieron leer vieron en su cara el resplandor de la alegría y el conocimiento.
Leyó el segundo encantamiento y vio a Ra, que aparecía en el cielo. Y entró en el reino de los muertos y vio los despojos profanados de su esposa y de sus hijos y oyó sus desgarradores lamentos y se horrorizó y se tapó los ojos, pero los siguió viendo, y se tapó los oídos, pero los siguió escuchando. Y los que le vieron leer vieron su cara llena de espanto y de muerte y vieron como el infortunado joven, que sobre todas las cosas amaba la lectura, se arrancaba los ojos con la sola fuerza de sus dedos y gritaba y gritaba y no cesaba de gritar y siguió gritando por toda la eternidad.
Constantino Bértolo, La cena de los notables. Sobre lectura y crítica.
Cáceres, Periférica, 2008.

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