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Posts Tagged ‘escatología’

“Temer a la muerte no es otra cosa que creer ser sabio sin serlo, pues es creer que uno sabe lo que no sabe. Pues nadie conoce la muerte, ni siquiera si es, precisamente, el mayor de todos los bienes para el hombre, pero la temen como si supieran con certeza que es el mayor de los males.”

PLATÓN, Apología, 29a.

“No hay hombre que pueda conservar la vida si se opone noblemente a vosotros o a cualquier otro pueblo y si trata de impedir que sucedan en la ciudad muchas cosas injustas e ilegales.”

PLATÓN, Apología, 32a.

“Pero no es difícil, atenienses, evitar la muerte, es mucho más difícil evitar la maldad.”

PLATÓN, Apología, 39a.

“La muerte es una de estas dos cosas: o bien el que está muerto no es nada ni tiene sensación de nada, o bien, según se dice, la muerte  es precisamente una transformación, un cambio de morada para el alma de este lugar de aquí a otro lugar. Si es una ausencia de sensación de sueño, como cuando se duerme sin soñar, la muerte será una ganancia maravillosa…”

PLATÓN, Apología, 40c-d.

“Si, por otra parte, la muerte es como emigrar de aquí a otro lugar y es verdad, como se dice, que allí estarán todos los que han muerto, ¿qué bien habría mayor que este, jueves? Pues si, llegado uno al Hades, libre ya de estos que dicen que son jueces, va a encontrar a los verdaderos jueces, los que se dice que hacen justicia allí: Minos, Radamanto, Éaco y Triptólemo, y a cuantos semidioses fueron justos en sus vidas, ¿acaso sería malo el viaje? Además, ¿cuánto daría alguno de vosotros por estar junto a Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero?”

PLATÓN, Apología, 40e-41a.

“Yo estoy dispuesto a morir muchas veces si esto es verdad, y sería un entretenimiento maravilloso, sobre todo para mí, cuando me encuentre allí con Palamedes, con Ayante, el hijo de Telamón, y con algún otro de los antiguos que haya muerto a causa de un juicio injusto, comparar mis sufrimientos con los de ellos; esto no sería desagradable, según creo.”

PLATÓN, Apología, 41b.

“Y lo más importante, pasar el tiempo examinando e investigando a los de allí, como ahora a los de aquí, para ver quién de ellos es sabio, y quién cree serlo y no lo es. ¿Cuánto se daría, jueces, por examinar al que llevó a Troya a aquel gran ejército, o bien a Odiseo o a Sísifo o a tantos otros infinitos hombres y mujeres que se podrían citar? Dialogar allí con ellos, estar en su compañía y examinarlos sería el colmo de la felicidad. En todo caso, los de allí no condenan a muerte por esto. Por otras razones son los de allí más felices que los de aquí, especialmente porque ya el resto del tiempo son inmortales, si es verdad lo que se dice.”

PLATÓN, Apología, 41b-c.

“Es preciso que también vosotros, jueces, estéis llenos de esperanza con respecto a la muerte y tengáis en el animo esta sola verdad, que no existe mal alguno para el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto, y que los dioses no se desentienden de sus dificultades.”

PLATÓN, Apología, 41c.

“Pero es hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor  es algo oculto para todos escepto apra el dios”

PLATÓN, Apología, 42a.

Sócrates

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El escritor y periodista Álvaro Cepeda Samudio fue un miembro del Grupo de Barranquilla mucho menos conocido fuera de Colombia que Gabriel García Márquez. Los fragmentos a continuación pertenecen a “Los soldados“, el capítulo que abre su novela La casa grande, inspirada en la masacre de las Bananeras (Ciénaga>Magdalena>Colombia, 1928).

“Todavía no eran la muerte: pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos: marchaban con la muerte pegada a las piernas: la muerte les golpeaba una nalga a cada trance: les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda; una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación.
(…)
Estaban sentados sobre el techo del vagón. Y me acerqué. Uno bajó los brazos. No sé si iba a saltar. Cuando alcé el fusil, el cañón casi le tocaba la barriga. No sé si iba a saltar pero yo lo vi bajar los brazos. Con el cañón casi tocándole la barriga disparé. Quedó colgando en el aire como una cometa, enganchado a la punta de mi fusil. Se cayó de pronto. Oí el disparo. Se desenganchó de la puntal del fusil y me cayó sobre la cara, sobre los hombros, sobre mis botas. Y entonces comenzó el olor. Olía a mierda. Y el olor me ha cubierto como una manta gruesa y pegajosa. He olido el cañón de mi fusil, me he olido las mangas y el pecho de la camisa, me he olido los pantalones y las botas: y no es sangre: no estoy cubierto de sangre sino de mierda.

-No es culpa tuya, tenías que hacerlo.
-No, no tenía que hacerlo.
-Dieron la orden de disparar.
-Sí.
-Dieron la orden de disparar y tuviste que hacerlo.
-No tenía que matarlo, no tenía que matar a un hombre que no conocía.
-Dieron la orden, todos dispararon, tú también tenías que disparar: no te preocupes tanto.
-Pude alzar el fusil, nada más alzar el fusil, no disparar.
-Sí, es verdad.
-Pero no lo hice.
-Es por la costumbre: dieron la orden y disparaste. Tú no tienes la culpa.
-¿Quién tiene la culpa entonces?
-No sé: es la costumbre de obedecer.
-Alguien tiene que tener la culpa.
-Alguien no: todos: la culpa es de todos.
-Maldita sea, maldita sea.
-No te preocupes tanto. ¿Tú crees que se acuerde de mí?
-En este pueblo se acordarán de nosotros: en este pueblo se acordarán siempre, somos nosotros los que olvidaremos.
-Sí, es verdad: se acordarán.

La casa grande. Bogotá, Plaza&Janes, 1985.

 

Álvaro Cepeda Samudio

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926 – New York, 1972)

Gabriel García Márquez Álvaro Cepeda Samudio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gabriel García Márquez (arriba-izq.) y Álvaro Cepeda Samudio (abajo-centro)

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Operación Shangri-La

“El que está enterrado, está enterrado, y lo que tienen que procurar es… la gente, la gente que vive”

Vuelo a Shagri-La.

Un abrazo y un beso, pelirrojo.

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El joven Naneferkaptah, perteneciente a la familia real del faraón, amaba la elctura sobre todas las cosas y no hacía otra cosa que pasear por la necrópolis de Memphis leyendo las inscripciones de las tumbas de los faraones y las estelas de los escribas de la Casa de la Vida. Un día, mientras seguía la procesión de un enterramiento un sacerdote se rió de él.
– Por qué te ríes de mí.
– Si de verdad quieres leer cosas de importancia te diré el lugar donde se encuentra el libro que escribió Thot cuando bajó tras los dioses. Se compone de dos encantamientos: si lees el primero podrás encantar el cielo, la tierra, el más allá, los montes y los mares; podrás saber todo lo que dicen los pájaros del cielo y los reptiles y verás los peces de las profundidades de las aguas. Si lees el segundo, llegarás al reino de los muertos sin haber muerto y podrás ver a Ra apareciendo en el cielo con todo su esplendor.
– A cambio de que me digas dónde está el libro, pídeme lo que sea y te lo daré.
– Llegarás al deseo que ya deseas, pero yo soy un sacerdote y no un comerciante cualquiera y si quieres que tu oído conozca lo que mi boca ya sabe tendrás que cederme tus bienes y prerrogativas y privilegios.
– Así sea.
Y el sacerdote pidió la muerte de su mujer y de sus hijos, “pues no quiero que litiguen conmigo”. Y el infortunado joven los mandó traer y mandó que les hicieran “la atrocidad que te ha venido a la mente”. Y antes sus ojos los mataron y arrojaron sus cadáveres a los perros y a los gatos.
Entonces el sacerdote habló:
– El libro de Thot está en el agua de los mares, en una caja de hierro que lleva dentro una caja de cobre que lleva dentro una caja de madera que lleva dentro una caja de marfil y ébano que lleva dentro una caja de plata que lleva dentro una caja de oro, todas custodiadas por la serpiente de eternidad.
Y el joven, que sobre todas las cosas amaba la lectura, caminó hasta el mar, arrojó arena sobre él, abrió las aguas, caminó entre ellas, llegó hasta la serpiente, luchó con ella, la mató, ella revivió, la volvió a matar, ella volvió a revivir y la tercera vez, tras matarla, la cortó en dos mitades y puso arena entre ambas y por fin la serpiente murió y ya no revivió. El joven abrió todas las cajas, encontró el libro, lo cogió, salió del mar, las aguas se cerraron tras él y cuando llegó a Memphis abrió el libro.
Leyó el primer encantamiento y el cielo y la tierra, los montes, los mares y el más allá le descubrieron sus secretos y supo lo que decían los animales. Y quienes lo vieron leer vieron en su cara el resplandor de la alegría y el conocimiento.
Leyó el segundo encantamiento y vio a Ra, que aparecía en el cielo. Y entró en el reino de los muertos y vio los despojos profanados de su esposa y de sus hijos y oyó sus desgarradores lamentos y se horrorizó y se tapó los ojos, pero los siguió viendo, y se tapó los oídos, pero los siguió escuchando. Y los que le vieron leer vieron su cara llena de espanto y de muerte y vieron como el infortunado joven, que sobre todas las cosas amaba la lectura, se arrancaba los ojos con la sola fuerza de sus dedos y gritaba y gritaba y no cesaba de gritar y siguió gritando por toda la eternidad.
Constantino Bértolo, La cena de los notables. Sobre lectura y crítica.
Cáceres, Periférica, 2008.

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“En la casa vivía también una criada, oscuramente vestida y que no tenía nombre porque era sordomuda. Se movía sobre una tabla de cuatro ruedas de madera y estaba disecada, pero sonreía de vez en cuando.

(…) A la criada se le secaron pronto aquellos parches y se puso buena otra vez. Pero otro día se la dejaron a la lluvia y se amolleció. También sanó de ésta, pero quedó más seca y encogida. Algún tiempo después enfermó de ictericia y se puso toda verde.

Así fue la criada de dolencia en dolencia, hasta que un día murió. Alfanhuí y su maestro la enterraron en el jardín con una lápida grabada con vinagre que decía:

ABNEGADA Y SILENCIOSA”

Ferlosio Alfanhuí, 20 y 22.

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Algunos textos griegos parecen sacados de la antología del disparate, no tanto por errados, sino por delirantes. Algunos de los más obvios -pero no por ellos menos divertidos- son, por ejemplo, ése en el que se describe cómo a Pitágoras se le abrió la túnica y todos los presentes pudieron contemplar que tenía ni más ni menos que un muslo de oro. O ese otro pasaje del Timeo de Platón en el que se dice que el mundo no tiene piernas porque no tiene dónde ir ni brazos porque no tiene nada que coger ni boca porque no necesita comer (no en vano Blanca afirma que el Timeo es el Aterriza como puedas de las cosmogonías antiguas).

El caso es que hoy estaba leyendo el último libro publicado en español de André Laks, un ensayo sobre la historia de la negatividad en la Antigüedad según sus diferentes manifestaciones -el no ser, bestia negra de Parménides domada por Platón en el Sofista (“no ser” es “no ser algo”, no ser esto, sino lo otro, es decir, ser diferente de), el vacío de la física atomista de Leucipo, el odio como uno de los dos principios de Empédocles- y me he encontrado este simpático fragmento:

“La preeminencia del elemento luminoso queda confirmada por la manera en que Parménides explica los mecanismos cognitivos: a pesar de que los muertos puedan percibir algo -a saber el frío y la oscuridad-, los mejores pensamientos, que son los pensamientos de vida, se ubican bajo el signo del calor” (32).

André Laks, El vacío y el odio. Elementos para una historia arcaica de la negatividad. Madrid, Arena libros, 2009. Trad. Leopoldo Iribarren

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Diógenes Laercio, Vida de filósofos, VIII: ” desnudándose una vez [Pitágoras], se vio que uno de sus muslos era de oro. Y también afirman muchos que pasando en una ocasión el río Neso le impuso este nombre.”

Platón, Timeo, 33c-d: “[el mundo] en absoluto necesitaba ojos, ya que no había dejado nada visible en el exterior, ni oídos, pues tampoco había nada audible. No estaba rodeado de aire que le exigiera una respiración, ni tampoco estaba necesitado de ningún órgano para recibir su alimento, ni, a su vez, para expulsar luego el alimento previamente digerido. Nada salía de él ni nada entraba en él por ninguna parte —pues tampoco había nada—, ya que fue fabricado de modo que se proporcione a sí mismo alimento con su propia consumición, y todo lo que padece y actúa se produce en sí y por sí. En efecto, el constructor pensó que sería mejor si fuera autosuficiente que si tuviera necesidad de otras cosas. Consideró que no debía añadirle en vano manos, que no eran útiles para tomar o apartar nada, ni pies ni en general nada que le sirviera para desplazarse.”

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Atravesando Madrid en canal por la Castellana escucho en la la radio del taxi que me lleva a la estación una noticia en la que se dice que en San Martín de Valdeiglesias, hasta ahora conocido como “la playa de Madrid”, los superviviventes de una familia convivían con los muertos de la familia, todos juntos en el salón.

Si nuestras vidas llegan al extremo de tener que compartir salón con los cadáveres familiares, el lenguaje -si quiere ser capaz de retratar semejantes extremos- no puede conformarse con recurrir a un oxímoron como este de “convivir con muertos” porque, aunque los vivos puedan, de algún modo, convivir con los muertos en el sentido de tener que compartir un mismo espacio con ellos, no parece que los muertos puedan convivir con nadie.

No sé si en taiwanés, lengua de la familia memento mori (nada que ver con Fujimori), existe una palabra que designe la acción de compartir el espacio doméstico con los muertos. En castellano sólo conozco una perífrasis (no verbal), cortesía de Gonzalo: la necrosíntesis aberral de todo lo chungo.

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