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Posts Tagged ‘estampitas’

“Delgadas tiras de madera noble estaba apiladas en una esquina, y a lo largo del banco de trabajo, en la parte delantera, había más de una docena de cristos idénticos, sujetos por un diminuto clavo que les atravesaba la palma de una mano de tal manera que todos colgaban torcidos, como una hilera de bañistas a punto de ahogarse que alzaran una mano con desesperación pidiendo ayuda. Estaban hechos de plástico duro y exhibían el brillo húmedo y ceroso de las bolas de naftalina. Cada uno tenía una corona de espinas también de plástico y un toque de brillante rojo pintado en el lado izquierdo del pecho, justo debajo de las costillas. (…)

– He encargado pintura reflectante para los ojos. (…)

Era obvio que pensaba que era una idea genial” (249).

John Banville, La guitarra azul. Barcelona, Alfaguara, 2015.

ahogandose

 

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“Nunca los muertos empañaron la gloria de una guerra ni deslucieron el esplendor de una batalla, sino que la sangre fue siempre su guirnalda más hermosa y más embriagadora. No hay nada en este mundo equiparable al aura arrebolada de la sangre y de la muerte para adornar y ennoblecer, ante los ojos de los hombres, los estandartes de cualquier empresa. La sangre y la muerte no solamente aducen convicción, generosidad, altura de miras en los muertos, sino que también reflejan elevación, dignidad y certidumbre para la Causa por la que murieron. Nadie logró jamás tener tanta razón como los muertos, ni hubo nunca argumento más poderoso que sus muertes para dejar a la Causa irrefutablemente convencida de sí misma y convencidos de ella a los demás. Las muertes son las que siempre han consagrado como verdadera y justa y grande y santa cualquier Causa, y poder decir de ella “Es la Causa por la que derramaron su sangre nuestros padres y nuestros abuelos” ha sido siempre un argumento legitimador infinitamente más fuerte y más definitivo que el contenido de la Causa misma. Nunca es el contenido de la Causa el que se alega para legitimar y justificar la sangre derramada, sino ésta la que siempre es esgrimida como el aval indiscutible de la justicia, la razón y la bondad de cualquier Causa, por delirante, estúpida, inicua, criminal o sórdida que sea. Que la llamada Causa del Progreso –hoy prácticamente reducida a la innovación cualitativa en la tecnología– esté sujeta a accidentes no es considerado como un defecto o culpa que haya que achacarle, sino como una suerte de portazgo o de peaje que legitima la entrada en circulación de la nueva mercancía, o hasta la credencial que avala y ennoblece al portador para poder presentarla dignamente ante cualquiera. Se diría que la sangre y la muerte son a los ojos de los hombres el más seguro y acreditado título de garantía sobre el valor de cualquier cosa; y aquello que haya costado sangre y muerte aquello mismo tienen por lo más valioso.”
Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, 17-18. Madrid, Alianza Editorial, 1986.

“Me quedaba una media de 4 días con sus 4 noches en sesión continua de lecturas y escrituras gramaticales -decía evocando el final de los cincuenta y principios de los sesenta -, con luz eléctrica también de día, como Monsieur Dupin, el de El misterio de María Rôget y Los crímenes de la calle Morgue; al fin caía redondo y me dormía profundamente durante 24 o más horas, salvo 1 o 2 brevísimos despertares para comer y beber y con una maravillosa bajada de tensión. Después cogía a mi niña – que en el 60 cumplió los cuatro años – y me pasaba con ella 4 o 5 días sin interrupción; íbamos a los parques y a visitar museos: de El Prado, le gustaba sobre todo El Bosco, porque, como ella decía, “tiene mucho”, y La Laguna Estigia de Platinir. Pero El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo, se volvería su favorito. Yo no quería enseñárselo, por esa tontería de los padres de evitar a nuestros hijos pequeños la visión de la muerte (la educación del príncipe Gauthama), y me la llevaba disimuladamente hacia el que estaba al lado, haciendo rincón con él: El carro de heno. Pero ella era tan atenta y difícil de engañar que, a la segunda, me cazó. Y El triunfo de la muerte se hizo su cuadro favorito para siempre. Esta reproducción que tengo ante los ojos, ahí colgada en la pared, era de ella”.
“La forja de un plumífero”, Archipiélago, 31, invierno de 1997.

Se refiere Ferlosio a la hija que tuvo con Carmen Martín Gaite, Marta, nacida en 1956 y muerta en 1982. Dos años antes de que naciera Marta, en octubre de 1954, había nacido Miguel, el primer hijo de la Gaite, que murió de meningitis en mayo de 1955.
Si este despojo que es mi cuerpo esta semana es capaz, brindaré a la salud de Ferlosio, por sus 82 añazos.

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“Era aceptado el hecho de que los vampiros bebían y comían. La dificultad residía en saber si era el alma o el cuerpo del muerto quien comía. Se decidió que eran ambos. Los manjares delicados y poco sustanciosos, como los merengues, la nata batida y las frutas escarchadas eran para el alma; el solomillo era para el cuerpo”.

De los “Chistes sobre vampiros” de Charles Nodier (1780-1844) recogidos en Infernaliana. Anécdotas, novelas breves, narraciones y cuentos sobre aparecidos, espectros, demonios y vampiros, publicada en francés en 1822.

Valdemar publicó una edición en 1988 en la colección Tiempo cero y otra en 1997 en la colección El club Diógenes, 156. Ambas traducidas por Agustín Izquierdo Sánchez. La primera, la de Tiempo cero, tiene como portada La muerte del réprobo

y como portada La muerte del avaro, ambas de El Bosco (1450-1516).

La segunda, la de El club Diógenes, tiene como portada un detalle de El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo (1525?-1529).

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Calavera calva era

San Jerónimo de Estridón fue uno de los Padres Latinos de la iglesia. En el siglo V tradujo la Biblia del hebreo y del griego al latín, pero no al clásico, sino al vulgar, de ahí que dicha traducción sea conocida como Vulgata.
Marinus van Reymerswaele

En este cuadro del pintor neerlandés Marinus Claeszoon van Reymerswaele, más conocido como Marinus de Seeu (de Zelanda), pintado en 1542 vemos (si vamos al Prado lo vemos mejor) al santo traductor en su estudio. Ante él, la Biblia en plena escena del Juicio final, materiales de trabajo, papelotes, un Cristo crucificado, una vela que no va a alumbrar mucha más erudición y una calavera. Lo que llama la atención es que Marinus no ha pintado el cráneo en la posición más fácil, aquella a la cual estamos acostumbrados, de frente, sino que ha preferido -no sabemos si por imponerse un reto y mostrar sus habilidades pictóricas o por alguna razón que se nos escapa- ofrecer la representación más difícil, es decir, desde abajo, mostrando el punto de unión con la columna, el paladar, la mandíbula superior y las múltiples cavidades nasales, oculares, cerebrales…

Llaman la atención también, evidentemente, las manos, tan crispadas, aunque con semejante rostro y una capucha tan almidonada no desentonan. Lo que no sé es cómo conseguía el hombre  agarrar la pluma para escribir su traducción con semejantes garras.

Por cierto/Por verdadero: una cosa bien bonita sobre la traducción que he encontrado en estos libros de semiótica italianos. Dice Paolo Fabbri que, después de que la última palabra común fuera “confusión” (=Babel), la traducción postbabélica obliga al traductor a calcular una dimensión inconmensurable que se mantiene en el momento mismo de la medición. Por eso las traducciones son sistemas abiertos e incompletos que, sin embargo, pueden ser verdaderos.

Me encanta el concepto de “inconmensurabilidad”, de hecho, creo que voy a hacer/proponer una lista de situaciones a las que se pueda aplicar o parejas de términos que ponga en relación. Por ejemplo, 1) diagonal y lado del cuadrado, 2) Sócrates y Calicles, 3)… 1, 2, 3, responda de una vez!

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Vivía en una casa extraña tanto por su distribución, su desorden y sus colores estridentes, como por sus habitantes. Yo no conectaba con ellos en absoluto, pero vivía allí y no había otra. En un momento dado alguien me miraba las manos y me decía algo así como: “Esas venas tienen muy mal aspecto, deberías echarles un ojo”. A pesar de no sentir ninguna afinidad con ellos, les creía. Por lo general, siempre he confiado en la palabra de quien me hablaba. La arteria que cruza  la mano desde el hueso de la muñeca hasta ramificarse a ambos lados de la base del dedo anular estaba hinchada, el tubo cilíndrico de tejido había aumentado su anchura, pero no de manera informe, sino que se había duplicado. Y el color. No se veía azul como en la realidad ni roja como en los cuentos, sino que era de un rosa eléctrico, como si lo que circulara por ella no fuera ya sangre. Y el dolor. Me dolía según esa modalidad de dolor que es la presión. Como la presión que se siente en el pecho trepando verde por la garganta como una enredadera en los días de angustia, como la presión que se siente en la zona del reloj antes de un infarto. Pero no sentía miedo, morirme no me preocupaba, era casi un alivio.

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Ante el nudo gordiano, la solución alejandrina: si no puede desenredarlo, córtelo.

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“A propósito de la resurrección de la carne, los teólogos cristianos se preguntaban, sin llegar a encontrar una respuesta satisfactoria, si el cuerpo resucitaría en la condición en que se hallaba en el momento de la muerte (acaso viejo, calvo y sin una pierna) o, al contrario, en la integridad de la juventud. Orígenes cortó de cuajo estas disputas afirmando que no será el cuerpo lo que resucite sino su figura, su eidos.”

Giorgio Agamben, Profanaciones, 34. Barcelona, Anagrama, 2005. Trad., Edgardo Dobry.

Orígenes

Eidos es el término platónico para referirse a las Ideas, a las Formas, al objeto de contemplación teórica, al modelo o paradigma del cual todo lo sensible es copia.

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juanaloca_pradilla

De lunes a viernes de 18:00 a 20:00 es gratis ver la colección del Prado. Ayer por la tarde Miss Wonderly me propuso empezar con la primera de nuestras varias visitas al museo. Llegamos cada una por nuestra cuenta y sólo nos encontramos tras haber salido, así que cuando entré en la primera sala estaba sola. A mi derecha, ocupando toda una enorme pared, se me apareció el impresionante óleo de Francisco Pradilla de 3´4 x 5 metros al que esta imagen no puede hacer justicia. De pie en el centro, vestida de negro, vemos a la reina Juana I de Castilla, Juana la Loca, ante el ataúd del rey Felipe I el Hermoso. A pesar de los dorados de la caja y los escudos de los faldones, no parece un entierro real porque carece de fastuosidad, sino la escena de un grupo de personas que no se sabe muy bien por qué están en mitad de la nada rodeando a una joven junto a su amor muerto. Irónicamente, esta joven vela el cuerpo de su esposo, pero no su corazón, que fue enterrado en Bruselas por deseo expreso del monarca, quien murió en Burgos, pero fue trasladado a Granada en un viaje que se alargó ocho meses. Felipe muere el 25 de septiembre de 1506 y la numerosa comitiva que acompaña el féretro tiene que viajar casi un cuarto de millar de noches atravesando el despiadado invierno castellano, siendo testigo del mal que aqueja a Juana. Los dos hombres que están de pie a la derecha la miran con los brazos en jarras preguntándose hasta cuándo va a durar esta loca empresa, qué vamos a hacer con una reina así, habrá que encerrarla. Pero Pradilla no se ríe de Juana, ni se enoja con ella, ni la trata como a una loca. Al contrario, la ha pintado con una ternura increíble, como si no pudiera evitar compadecerse de ella, del dolor ante su amor muerto y frente al resto de su vida. No es de locura su gesto, sino de estar en otra parte, a pesar de la contundente presencia del féretro. Es una desolación sin muecas, los ojos muy abiertos, pero no de manera forzada, sino como si hubieran perdido el resorte que los cierra. Los brazos caídos junto al cuerpo ajeno al frío viento castellano que empuja todas las vestiduras y las llamas de la hoguera en la misma dirección.

En su cualidad de eje, el ataúd tiene a un lado a Juana y al otro al fraile de hábito blanco que sostiene el cirio con la diestra, una mano más real que pintada. Es el contrapunto de Juana, ella de negro y él de blanco, ella de pie y él arrodillado, ella tomada por loca y él totalmente concentrado en lecturas sagradas, al principio fue el Verbo y al final es el silencio y la carne.

Si el cuadro fuera un texto, lo último que leeríamos, abajo a la derecha, sería la mujer que sentada se calienta junto a la hoguera humeante las manos que antes también han estado ocupadas como las del fraile en sostener un libro de rezos, una Biblia, pero ahora están cansadas y tienen frío. Es una mujer bellísima ante la que reparamos sólo ahora, tras habernos fijado en Juana, el ataúd, el fraile. Una mujer que también es silencio y carne. Excepto por el fuerte viento que sopla y que apaga los murmullos, todo el cuadro es silencio y carne.

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