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opacidad

“(Fosa). Esto que se nos viene apisonando, apisonando, apisonando, a lo largo de los años, en el alma, algunos quieren todavía ilusionarse pensando que es una carga explosiva, una reserva de energía (¿para quién?); pero yo sé que no es más que un apelmazamiento de negro barro inerte, que aquí se ha de quedar para siempre sepultado. Pura fosa de muerte, no fermento de vida que prometa resurrección o salvación, pero tampoco polvorín que amenace venganza.

Donde me veo no es en las tinieblas, sino en la opacidad; las tinieblas serán oscuras y espantables, pero están vacías, tienen distancias infinitas, por las que uno puede precipitar o vagar eternamente. La opacidad empieza a medio centímetro de la superficie de mi cuerpo y es de pared maciza y tan infinitamente gruesa como honda la tiniebla, pero de cal y canto”.

Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, pp. 64-65.

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-¡Qué divertido! -dijo Mely; todos los pueblos tienen los cementerios en los altos, y aquí en cambio lo que está en alto es la población, y el cementerio lo tienen junto al río.
-Originales que son ellos, ahí donde los tienes. Pues si se descuidan, con un poquito de suerte, les viene un año una riada de las buenas y se les lleva a todos los muertos por delante.
-Chico, pues mejor que se lleve a los muertos que no a los vivos.
-Pues será la cuenta que han echado ellos. A ver qué vida. Para que luego digan que en los pueblos son poco espabilados.

Rafael Sánchez FERLOSIO, El Jarama. Austral, 2012.

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“Le vuelve un sueño que ha tenido por la noche, un fragmento. Avanzaba presuroso por el polvo de una batalla inmemorial llevando algo en brazos, grande pero no pesado, una carga preciosa pero incómoda -¿qué sería?, y a todo su alrededor la masa de guerreros bramando con el estrépito metálico de espadas y lanzas, el silbido de las flechas, el crujir y chirriar de las ruedas de las carretas. Un solar venerable, una guerra antigua” (12).

John Banville, Los infinitos (The infinities). Anagrama, 2010.
Trad., Benito Gómez Ibáñez.

Y de leer hoy una reseña de la película Buried (Enterrado) a este fragmento del mismo libro:

“Teme que lo entierren prematuramente.

No le duele nada. En cuanto a dolores no siente nada. O muy poco, para ser exactos. Es consciente de algo, un barullo, un martilleo en lo más hondo de su ser, cuyas repercusiones sin duda atroces sólo percibe como un rumor distante. Está atrapado en la silla dental celestial.

¿Por qué no está contento entonces en ese estado? ¿Acaso no es la apoteosis que siempre ha ansiado, ser intelecto puro, sólo mente? Girando y girando van sus pensamientos, como otros tantos granos de arena barridos por una tolvanera. Sólo mente, sí, pensamiento puro.

“Podría haber estipulado que colocaran una campanilla en un palo sobre su tumba con una cuerda metida en el hoyo y atada a una mano. Pero, ¿a santo de qué? Si no es capaz de mover un dedo. Ha pensado en un teléfono, también, en el ataúd, pero ¿cómo marcaría? (36-37)”

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Decía Ferlosio el otro día:

“Malo es ser de Los Nuestros. – Peor es ser de Los Buenos”.

Hoy leo:

“Elegir ser bueno en un mundo en el que no necesito pecar ni matar para vivir opulentamente no tiene ningún mérito ni ninguna dignidad moral. Lo meritorio y digno desde el punto de vista moral sería negarse a vivir en un mundo injusto y, sobre todo, a vivir de la injusticia que se comete contra otros (“otros” que, dicho sea de paso, son las tres cuartas partes de los habitantes del planeta).”

(232, cap. 5. “… la ilusión de ciudadanía bajo condiciones capitalistas”.)

Carlos y Pedro Fernández Liria y Luis Zahonero. Educación para la ciudadanía.     Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho. Ilustraciones de Miguel Brieva.   Akal, 2007. (Ya va por la 3ª ed.)

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Como tenía la certeza clara y distinta de que algo así aparecería, ni tuve prisa, ni me molesté en buscarlo. Ha sido Sin Permiso quien, como en otras ocasiones, me ha hecho llegar al correo otro texto de Ferlosio, ahorrándome así el hastío y la mala sangre que me provoca el tener que leer los periódicos. Copio:

“Personalmente, he tratado muy poco con Miguel Delibes; nos hemos visto dos veces; sin embargo, puedo decir que la primera duró una semana, en la que nos veíamos a diario. En los años cincuenta -debió de ser el 57 o el 58-, al Ministerio de Cultura -o como se llamara por entonces- le dio por organizar viajes de escritores, para que conociéramos España y, probablemente, también para que nos conocieran en distintas regiones. Los elegidos por el ministerio seríamos una veintena y, con los acompañantes, llenábamos un autobús. De amigos míos anteriores venían Medardo Fraile, Ignacio Aldecoa, José María de Quinto, y la región destinada era La Mancha. Y allí venía también Miguel Delibes, seis años mayor que yo, un hombre alto y muy guapo, jovial, simpático, que enseguida le cayó bien a todo el mundo y al que yo mismo me arrimaba siempre que podía. Me limitaré a contar sólo un detalle, que fue muy celebrado, porque lo he tenido siempre muy vivo en la cabeza: inventó un neologismo. Era en relación con el sistema de hospedaje que habían establecido en casi todos los pueblos que visitamos, pueblos muy grandes, como es propio de La Mancha: en cada pueblo el ministerio había concertado que entre los notables más o menos ricos se repartiesen a los escritores, uno cada uno, para que le preparasen una habitación con una cama. Estos vecinos no sólo eran personas muy educadas, sino que, aunque muchos completamente ajenos a la literatura, parecía que les hacía ilusión hospedar a un escritor y ponerse a su lado en las comidas colectivas. Pues bien, al segundo día estábamos dos o tres charlando con Delibes cuando nos contó que había leído una novela de aventuras en la que un barco con una veintena de europeos visitaban algunas islas del Pacífico, si no recuerdo mal, y unas tribus de indígenas muy hospitalarios habían acordado que cada uno de los extranjeros fuese acogido y hospedado por uno de los notables del lugar y, tal como se cuenta de otras culturas antiguas, la hospitalidad comportaba una relación de honor y un vínculo permanente análogo a una especie de parentesco; pues bien, en aquellas islas, el vínculo establecido entre el indígena y el europeo se designaba como “tayo”, y no puedo recordar si el nombre era recíproco, tanto del huésped como del hospedado, o sólo el huésped era tayo del segundo. El caso es que todos celebramos tanto la comparación de Delibes con nuestro propio sistema de hospedaje, que el neologismo se extendió inmediatamente y todos acabamos diciendo “mi tayo” para designar al vecino que nos hospedaba.

Muchísimos años después he conocido a Miguel Delibes de Castro, que se ocupaba del Coto de Doñana y entre los dos hicimos un trabajo -yo de entrevistador y él de entrevistado– sobre cuestiones de la “naturaleza” y la conservación de las especies; a él quiero dedicar mis sentimientos por la muerte de su padre”.

Rafael Sánchez Ferlosio.

El País, 13 marzo 2010

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Una tarde que iba al colegio después de comer me topé con media docena de gitanas que habían rodeado, con evidentes y explícitas ganas de bronca, a una de mis mejores amigas y a otra niña de mi clase. Si esto ocurriera ahora, no dudaría ni un segundo en quedarme a su lado, primero, para que ellas no se quedaran solas, y segundo y más importante, para que no se sintieran solas. Sin embargo aquel día el miedo a las gitanas me hizo comportarme como una cobarde y, en lugar de meterme yo también en el círculo en el que las habían encerrado, permanecí fuera mirando y esperando sin saber muy bien qué hacer.

La cosa no llegó a mayores: mi amiga y la otra niña hicieron lo que las gitanas no esperaban que hicieran, precisamente porque eran más y porque conocían el miedo que los payos le suelen tener a los gitanos: aún encerradas en el círculo y en clara minoría numérica, les plantaron cara, y precisamente por ello, las gitanas abrieron el círculo y las dejaron marchar.

Ese día no se me ha olvidado nunca, y me alegro, porque, si bien me avergüenzo de mi comportamiento, -qué es una bofetada o un puntapié un tirón de pelo comparado con cargar con la vergüenza de la deslealtad toda la vida-, me sirvió para dos cosas: nunca más he tenido miedo de nadie sólo por su raza y nunca más he dejado de defender mis favoritos, ya fueran personas o cosas, ni por miedo ni por vergüenza.

Aunque no haya relación aparente, esta pública bajada de pantalones viene a cuento de la muerte de Miguel Delibes. Me ha ocurrido en muchas ocasiones que, ante ciertas preguntas sobre mis gustos literarios y mis autores y libros favoritos, incluía yo muchas veces al de Valladolid. Y cuál no sería mi sorpresa ante la reacción de quien me había interpelado. Una siempre había creído que cuando una persona preguntaba a otra por sus gustos y aficiones, ya se tratara de comida, bebida, libros, películas, música, colores, deportes, etc., la finalidad de la cuestión era, o bien conocer mejor al  interpelado, o bien entablar una conversación. Si la respuesta resulta muy sorprendente, siempre existe la opción de preguntar, educadamente, el origen o la razón de tales preferencias. Pero, cuán equivocada estaba, pues, en la mayoría de los casos, el único fin de tales cuestionarios es, no ya enjuiciar las elecciones, -que ya me toca bastante las narices, desde cuándo hay que rendir cuentas por las querencias y los amores-, sino opinar sobre ellas.

Y resulta que los más modernos y los más postmodernos, los nocillos urbanitas que sólo citan fernandeces para no ser excluidos de la mamada, no pueden comprender cómo alguien puede leer a Delibes voluntariamente. Y se permiten despreciar toda la obra de Delibes, como si la hubieran leído entera y pudieran ofrecer una crítica argumentada en lugar de una sarta de adjetivos que suele comenzar con “castellano”, porque siempre hay quien confunde los gentilicios -catalán, vasco, latino- con insultos y suele acabar con “realista”.

Lo que no acaba una de entender es qué tiene que ver el sentido del gusto, ese fenómeno largamente analizado desde el siglo XVIII gracias, entre otros, al filósofo escocés David Hume, con la calidad. Porque no seremos tan mamarrachos ni tan pedantes de decir que sólo nos gusta lo bueno, ni tan oligofrénicos como para asegurar que es bueno sólo lo que nos gusta, ¿no? Que a alguien no le guste Delibes no debería impedirle reconocer la grandeza de Los santos inocentes, por citar sólo una.

Recuerdo que, cuando dejé la literatura juvenil, los dos primeros libros que ataqué, entre los varios que había en mi casa, fueron Cementerio de animales de Stephen King y Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, dos novelas bien distintas entre sí que, sin embargo, comparten el hecho de estar vertebradas en torno a la muerte. Me gustó tanto el monólogo de la viuda con el cadáver de su no tan querido marido que después, a lo largo de los años, leí otras 12 o 15 novelas suyas más, desde La sombra del ciprés es alargada hasta El hereje, pasando por Mi idolatrado hijo Sisí El príncipe destronado, y en todas encontré la escritura de alguien que dominaba a la perfección el tema del que en cada caso hablaba y un lenguaje caracterizado por su riqueza y por su precisión, virtudes ambas que, entre los españoles, sólo he vuelto a encontrar en igual y mayor grado en Ferlosio y que ya quisieran para sí muchos de los que se autoproclaman escritores y sin embargo aún tienen problemas con algo tan básico como es la concordancia.

Delibes no se limitó, como se suele decir, a escribir sobre la naturaleza, ya sabéis, los ciclos naturales, el paso de las estaciones, la caza y la pesca, la flora y la fauna, etcétera, sino, que, sobre todo, me ofreció la mejor manera de calibrar la naturaleza que más me interesa, que es la naturaleza humana. ¿Cómo? A través del retrato descarnado de su crueldad. Y digo retrato, y no crítica, porque al igual que decíamos el otro día que Tucídides “escribió la guerra del Peloponeso” y no “sobre la guerra del Peloponeso”, creo que Delibes no “escribió sobre la crueldad” sino que “escribió la crueldad”. Y quizá porque no hay comportamiento humano que me merezca más desprecio, aprecio tanto sus novelas, porque fueron una buena herramienta para aprender a detectarla y rechazarla.

Así que, modernos, postmodernos y demás miembros de la hélice estético-intelectual de España, cuidaos mucho de despreciar los gustos ajenos, no sea que alguien que quiera mostraros -obras son amores- que los favoritos no sólo son intocables, sino también imitables, coja la escopeta de caza y -a riesgo de ser confundido con Pérez-Reverte- os descerraje dos tiros en vuestro lustroso y bienoliente culo de diseño, ese culo siempre triste por no haber conocido nunca el placer de cagar en el campo.

Miguel Delibes (Valladolid, Castilla, 17 de octubre de 1920 – ib., 12 de marzo de 2010)

ACLARACIONES: no soy castellana (soy de Santander, que, como todos sabemos, es mucho peor), no vivo en el campo, no me sé el nombre de casi ningún vegetal que no se coma, no soy cazadora, no me gusta la gente armada, no creo que la paz sea el fin sino el camino, no soy racista, casi toda mi vida he vivido entre gitanos y entre castellanos, tengo amigos modernos y postmodernos, me han gustado algunos textos de Agustín Fernández Mallo y me he reído con Eloy Fernández Porta.

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“En los puertos caían unos días de ceniza y de cobalto, sucios, en el suelo, como chaquetas de suicida. De los pontones, subía la negra canción de los estibadores que invocan a los pulpos y a los cangrejos de la bahía. A los cangrejos carpinteros que arañan las viejas maderas del puerto y corren sesgadamente por las panzas de las barcazas. Los marineros los oyen desde dentro con un escalofrío de grieta zigzagueante y repentina. La  muerte trabaja agrietando las almas y los nombres. Una rama roja sube al árbol sangriento de la pupila. Ese árbol de los ojos, melancólico como el ciruelo japonés. Hablaba Pablo de una muerte agria y desconocida para los hombres del llano. Y todos le escuchaban morbosamente, con una extraña atención. En la tierra adentro la muerte es más clara; camina con blanca veste por las llanuras de cristal.”

Ferlosio, Alfanhuí, 161-162

Y de-grieta-en-grieta, a res que bra jar se tocan:

La desolación, ¿comprendes?,

ese episodio insospechado e insignificante,

el sigiloso avance de una grieta

en el patio de una casa despoblada.

Todo muere con una suavidad sencilla:

oyes una voz y ya no la oyes.

Un día pasa al siguiente, con todo su fardo

de recuerdos y causas horriblemente intactos (…)”

José Luis López Bretones, “El regreso es costumbre o terquedad” (¡qué gran titulo!)

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