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Posts Tagged ‘libros’

“Siente uno lástima de sí mismo. Cree que está perdiendo algo y no sabe lo que es. Te sientes solitario en la vida. Tienes un empleo, y una familia, y un testamento legitimado, ya, a tu edad, porque de lo que se trata es de morirse preparado, de morirse legalmente, con todos los papeles firmados. Una muerte líquida, capaz de ser transformada en metálico. Solías tener las mismas dimensiones que el universo observable. Ahora, eres una mota perdida. Contemplas coches antiguos y recuerdas un objetivo, un destino” (186).

Don DeLillo, Submundo. Austral, Madrid, 2014. Trad.: Gian Castelli.

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“Asciendes eternamente por una colina calva y de pronto te encuentras en un valle umbroso,  entras por un portal y estás en la calle, te pierdes un poco por el bazar y de súbito te hallas rodeado de lápidas mortuorias. Porque igual que la propia muerte, los cementerios de Constatinopla están en medio de la vida” (148).

W. G. Sebald, Los emigrados. Barcelona, Anagrama, 2006. Trad., Teresa Ruiz Rosas.

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“Seguía navegando, pasaban los días. No se cruzaron con nadie salvo con otro rompehielos del mismo modelo. Se detuvieron una hora a su altura, conversaron tras intercambiar los mandos mapas y planos, pero eso fue todo. Son territorios adonde no va nadie, por más que los reivindiquen un buen número de países: Escandinavia porque de allí llegaron los primeros exploradores de la zona, Rusia porque no está muy lejos, Canadá porque está cerca y Estados Unidos por ser Estados Unidos. En dos o tres ocasiones divisaron pueblos abandonados en la costa de Labrador, construidos originalmente por el gobierno central para beneficio de los indígenas, y perfectamente equipados, desde la central eléctrica hasta la iglesia. Pero, al no estar adaptados para las necesidades de los aborígenes, éstos los habían destruido antes de abandonarlos para ir a suicidarse. Junto a las barracas despanzurradas, se veían aquí y allá osamentas de focas resecas, colgadas de cruces, recuerdos de reservas alimentarias protegidas así de los osos blancos” (19)

Jean Echenoz, Me voy. Barcelona, Anagrama, 2000. Trad.: Javier Albiñana.

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“Platón llama amor a la sabiduría a la “filosofía”, a la propia actividad educativa, a la propia investigación, ligada a una expresión escrita, a la forma literaria del diálogo. Y Platón mira el pasado con veneración, como un mundo en el que habían existido realmente los “sabios”. Por otra parte, la filosofía posterior, nuestra filosofía, no es más que una continuación, un desarrollo de la forma literaria introducida por Platón; y sin embargo, esta forma surge como un fenómeno de decadencia, en cuanto el “amor a la sabiduría” está por debajo de la “sabiduría”. Amor a la sabiduría no significa en efecto, para Platón, aspiración a algo nunca alcanzado, sino una tendencia a recuperar aquello que ya se había realizado y vivido. ” (13-14)

“la significativa y límpida indicación de Platón, cuando llama la propia literatura “filosofía”, contraponiéndola a la anterior “sofía”. No hay dudas sobre este punto: en varias ocasiones Platón designa la época de Heráclito, de Parménides, de Empédocles como la edad de los “sabios”, frente a los cuales se presenta a sí mismo tan solo como un filósofo, es decir como un “amante de la sabiduría”, o sea alguien que no posee la sabiduría” (115)

Giorgio Colli, El nacimiento de la filosofía. Barcelona, Tusquets, 2009.

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La medida debe ser el fundamento de la política, de la educación y del comportamiento humano. Eso plantea Platón en su última obra, las Leyes, y así lo aseguran los tres personajes del diálogo en diversos pasajes (I, 631c, 637b; III, 690e, 696b-c; IV, 716c, 719d; V, 733e; Vi, 784e). En Magnesia, la ciudad ideal que se está fundando y construyendo con la palabra (III, 702d-e; VI, 778b), todo hombre que aspire a ser justo deberá cultivar la virtud de la templanza y aprender a conducirse con moderación y continencia. La importancia de la medida en la propuesta platónica es tal que no se limita a la vida, sino que se extiende a la muerte:

“Cuando los progenitores mueren, el funeral más bello es el más recatado y el hijo, sin excederse del fasto habitual y sin quedarse por detrás de aquel con el que sus antepasados enterraron a sus progenitores, deberá rendir también los mismos honores cada año a los que han muerto. Sobre todo, debe honrarlos siempre, sin dejar de proporcionar un recuerdo constante y de asignar a los fallecidos una parte apropiada de los recursos que nos ha otorgado la fortuna. Si cada uno de nosotros hiciera esto y viviera de acuerdo con estos principios, obtendríamos lo que merecemos de los dioses y de los más poderosos que nosotros, pasando la mayor parte de nuestra vida entre buenas esperanzas”.

Platón, Leyes, IV, 717d – 718a.

Darío Mesa

El sociólogo colombiano Darío Mesa Chica
(Abejorral, Antioquia, 1921 – Bogotá, 9 abril 2016)

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Habla el fantasma de Lucio, el hermano de Ovidio muerto a los 20 años:

“Pero en el fondo sabes que todo lo hermoso y grandioso de tu existencia ya pasó. Sabes que sufrirás en medio de la agonía. La pausa de esta primavera es tan ilusoria como la esencia de la primavera misma. Te esperan días solitarios y enfermos. Nadie te cerrará los ojos cuando mueras. Nadie pronunciará tu nombre desde las orillas de la vigilia como lo pides continuamente a los dioses. Ellos, y eso lo has reconocido en tus momentos más lúcidos, te han olvidado para siempre. Eres un hombre despojado de los dioses, un hombre además, incapaz de inventarlos. Y nadie, Ovidio, lavará tu cuerpo, ni lo vestirá, ni habrá ramas de pino alrededor de tu mortaja. Nadie llevará las máscaras de nuestros padres ni siquiera la mía, a tus funerales, porque no tendrás funerales como corresponde a los malditos. Nadie cavará una tumba para ti al pie de un camino, y tu epitafio, así lo hayas escrito ya, jamás será leído. Estarás solo, y solo, Ovidio, la muerte te acogerá. Ésta y no otra es la última dádiva que te dará el exilio” (66).

Pablo Montoya, Lejos de Roma. Medellín, Sílaba, 2014.

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Señal

“Ha buscado desde hace tanto la señal en los cielos, pero todo parece indicar que lo olvidaron. De mes en mes llega la avioneta; es el único medio de transporte, y el pueblo la recibe con estrépito, con los brazos abiertos. Él contempla fijamente a los viajeros, uno por uno, y después desaparece. Y sigue aguardando. No tiene un negocio estable, y muchos todavía se preguntan qué hace aquí, de pie, desde hace años, contemplando los cielos. A principio resultaba sospechoso. Después loco. Después un tipo de peligro, que huye para que no lo maten; después cualquier fulano que ha venido a morir a este último rincón del mundo; después un habitante más, uno de todos, como cualquier otro. Él no quiere comentar de la señal a nadie, ni siquiera a la mujer del carpintero, que de vez en cuando duerme a su lado, casi por misericordia. Es un solitario, en la selva. Nunca baja a beber cerveza. Vive sin ningún perro, con una olla y una hamaca y un cuaderno. Nada le falta, excepto la señal: lo más importante, lo esencial, la viva herida, la causa de que soporte todo esto. Algún error debió suceder cuando acordó el sitio de la espera: ¿era otro sitio el indicado para contemplar los cielos?

Así envejece, igual que la mujer del carpintero, igual que el carpintero, igual que el pueblo, igual que la señal, que ya murió, cansada de buscarlo, de aterrizar en otros puertos, vieja y desdentada, aterrada de haber equivocado para siempre el sitio del encuentro” (19-20).

Evelio Rosero, 34 cuentos breves y un gatopájaro. Bogotá, Destiempo libros, 2013.

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