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Alfredo Deaño nació en Ribadeo, estudió Filosofía en la Universidad de Oviedo y fue profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. Murió de un paro cardíaco a los 33 años mientras preparaba las oposiciones a profesor adjunto de Lógica de la UAM. En ese momento yo llevaba medio año en este mundo. Nunca lo conocí.

La primera noticia que tuve de él fue en Barranquilla, Colombia, a raíz de que uno de mis estudiantes de la Universidad del Atlántico hiciera su tesis de grado sobre la lógica polivalente de Jan Lukasiewicz, a quien Deaño tradujo al español, como también hizo con Lewis Carroll, Carl Gustav Hempel, Anthony Kenny, Jean Piaget y Bertrand Russell.

De todo lo que ocurrió con aquella tesis no hablaré aquí, pero algo de lo que a raíz de ella leí despertó en mí la curiosidad por la figura de aquel que conocí como traductor y que, tras leer de él y sobre él, ahora sé que estaba llamado a ser “el lógico español”.

Pero no un lógico de esos aquejado de la sequedad y la falta de cintura de la prosa analítica, sino, muy al contrario, un filósofo con un estilo delicioso y un gran lector de literatura, como comprobará cualquiera que lea los ejemplos a los que recurre en su Introducción a la lógica formal.

Hoy, día en el que se cumplen 30 años de su muerte, pongo fin a este blog.

Alfredo Deaño Gamallo (Ribadeo, Galicia, 06.03.1944 – Madrid, 24.01.1978)

Autor de:

1968: Lógica simbólica y lógica del lenguaje ordinario.

Tesis doctoral. Dirigida por Leopoldo Eulogio Palacios Rodríguez, Universidad de Madrid.

1975: Introducción a la lógica formal. Madrid: Alianza.

Dedicatoria: A mis padres y hermanos, a Mercedes, a Javier Muguerza y a Juan A. del Val.

La obra se cierra con la siguiente frase: “Violar la lógica es poseerla”.

1980: Las concepciones de la lógica. Madrid: Taurus.

Su memoria de oposiciones a la plaza de profesor agregado de lógica de la Universidad Autónoma de Madrid.

[Póstumo]. Editado por Javier Muguerza y Carlos Solís.

1984: El resto no es silencio. Escritos filosóficos. Madrid: Taurus. [Póstumo].

Incluye:

“Autobiografía intelectual”: borrador para el primer ejercicio de las oposiciones

“Metafísica y lenguaje”: donde aparece la sentencia que da título al libro.

I. Filosofía, análisis y lenguaje: varios artículos.

II. Wittgenstein y la filosofía: varios artículos.

III. Filosofía y lógica formal: varios artículos.

Comentarios críticos aparecidos en diversas publicaciones.

Cuestionario de José Jiménez a Alfredo Deaño (inédito).

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Siguiendo con el tema de si huelen peor los muertos de las guerras o los vivos de las paces, les contaré que hoy, intentando encontrar un libro para alguien, he dado con otro mucho mejor para mí  (mejor para mí). Se trata de Los muertos huelen mal y otros relatos espiritistas, escrito por Emilio Carrere (1881-1947), uno de mis (junto a Corpus Barga) cronistas madrileños favoritos (ver El reino de la calderilla). Carrere, publicado por Valdemar, es el autor de la fantástica La torre de los siete jorobados, una novela sobre loque yo he dado en llamar desd e hace años “el Madrid de abajo”: amante de lo esotérico, don Emilio fantasea con la existencia de una torre que, en lugar de elevarse, se interna en las profundidades de la morería, entre la calle Segovia y La Latina. Buscando en mis paseos la ansiada puerta de la torre, sueño con mudar mi anodina existencia por otra mucho más emocionante. (Algo parecido a lo de Carrere, perdonando las distancias, es lo que hizo recientemente Javier Calvo en Odio  Barcelona). La novela no sólo no fue jorobada, sino que fue maravillosamente adaptada al cine por Edgar Neville en 1944. Aquí les enlazo una escena -nada representativa del film, por supuesto, no quiero reventarles la historia- que sirve para recordarnos que, en algún momento, la capital de este insoportable y aburrido reino fue una ciudad divertida y salerosa. “Manola-la, Manola-la, te van a poner un pi, un piso en Chamberí con piano y ascensor”.

Gracias, Martal, por descubrirme a Carrere (aunque de esto haga ya cinco o seis o siete o no sé cuántos años)

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