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Posts Tagged ‘muerte’

“Un par de años antes, Karoline la pelirroja se había tirado al río un poco más arriba, junto al puente del Augarten. Nunca la encontraron. La Matzner comentó entonces que al Danubio no le gusta devolver cadáveres. Los arrastra hasta el mar. Un escalofrío sacudió a la Mizzi al pensar en esa muerte; cuanto más seguía con al mirada el paso del agua, más intensamente se estremecía; pero también empezaba a amar su miedo, su miedo ante esa muerte húmeda” (p. 174).

Joseph Roth, La noche mil dos. Barcelona, Anagrama. Trad.: Juan J. del Solar. (Die Geschichte von der 1002. Nacht, 1939 [póstuma]).

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“El individuo tiene que seguir comiendo y nutriendo su cuerpo, tiene que enfermar y finalmente morir. Nada de esto va a cambiar, si bien se habrá podido experimentar la capacidad de tocar lo infinito al incorporarse parcialmente -en ocasiones de manera leve; otras, de forma más intensa- a un procedimiento en el que se toca lo infinito real. Por eso puede decirse que todo individuo puede participar en lo absoluto” (p. 21).

Alain Badiou, Filosofía y la idea del comunismo. Conversación con Peter Engelmann. Madrid, Trotta, 2017. Traducción y epílogo: Jordi Massó.

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“”Aunque estés seis pies bajo tierra, tapado por la hierba… nada te puede suceder… Estate, pues, alegre, alegre: nada te puede suceder”. Estas palabras de uno de los personajes del dramaturgo austriaco L. Anzengruber impresionaron a Wittgenstein: expresarían perfectamente el intento de salvarse de los tormentos de la conciencia. O, también, de la muerte. Todo estriba en que la muerte no nos muerda. Quien vive el presente vive eternamente. Quien teme a la muerte no ha ajustado su conciencia. Incluso quien se suicida “peca”, ya que se trata a sí mismo como si fuera un acontecimiento más. La expulsión de la muerte es la consigna central de la “vida buena” wittgensteiniana” (p. 25).

Javier Sádaba, Lenguaje, magia y metafísica. (El otro Wittgenstein). Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1992.

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“Sólo en los entierros judíos he visto semejante metamorfosis de las personas.

El cadáver del judío devoto yace en una sencilla caja de madera, cubierto con un paño negro. No será llevado en carroza sino a hombros de cuatro judíos, a paso ligero, por el camino más corto; ignoro si ello es así porque está prescrito o porque un paso más lento doblaría la carga para los portadores. Casi van a la carrera con el cadáver a través de las calles. Los preparativos han durado un día. A ningún muerto le está permitido permanecer en la tierra más de veinticuatro horas. Los plañidos de dolor de los que le han sobrevivido  han de oírse en la ciudad entera. Las mujeres marchan por las callejas gritando su pena a todo desconocido que encuentran a su paso. Hablan del difunto, le dirigen apelativos cariñosos, demandan su perdón y su gracia, se cubren a sí mismas de reproches, preguntan, perplejas, qué harán ahora, aseguran que ya no quieren vivir -y todo esto en mitad de la calle, en la calzada, a todo correr-, mientras en las casas asoman rostros indiferentes, los forasteros se ocupan de sus negocios, los carruajes pasan de largo y los tenderos atraen a la clientela.

En el cementerio se desarrollan las escenas más conmovedoras. Las mujeres no quieren abandonar las tumbas, se hace preciso obligarlas, y el consuelo toma el aspecto de una doma. La melodía de la oración fúnebre es de una grandiosa simplicidad, breve y casi brusca la ceremonia de inhumación, grande el tropel de mendigos que se disputan una limosna.

Durante siete días, los más allegados de entre los deudos del difunto permanecen sentados en el suelo de la casa de éste, o en pequeños taburetes, deambulan en calcetines, ellos mismos con aspecto de medio muertos. En las ventanas arde una pequeña y mortecina candela mortuoria delante de un lienzo blanco, y los vecinos traen a los que guardan el luto un huevo duro, el alimento de aquel cuyo dolor es redondo: sin principio ni fin” (pp. 59-60).

Joseph Roth, Judíos errantes. Barcelona, Acantilado, 2008. Trad.: Pablo Sorozábal Serrano.  (Juden auf Wahnderschaft, 1927).

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“Cuando llegó al lugar de la tragedia ya había comenzado el rescate de los muertos, de los heridos, de los que se encontraban atrapados. Empezó a oscurecer más rápidamente, como si la noche misma se diera prisa por llegar a tiempo a los primeros horrores y aun quisiera aumentarlos” (pp. 11-12).

Joseph Roth, Jefe de estación Fallmerayer. Barcelona: Acantilado, 2010. Trad.: Berta Vías Mahou. (Stationschef Fallmerayer, 1933).

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“Mis queridos convecinos, todos vosotros conocisteis aún la vieja monarquía, vuestra vieja patria. Hace años que ha muerto, y he tomado conciencia  de que no tiene sentido no tomar conciencia de que ha muerto.

(…) Si se supone que los viejos tiempos han muerto, entonces procederemos con ellos del modo en que se procede con los muertos: los enterraremos.

Por consiguiente, queridos míos, os ruego que dentro de tres días, me ayudéis a enterrar en el cementerio al difunto Emperador, es decir, su busto, con toda la solemnidad y el respeto que corresponden a un emperador difunto” (pp. 53-54).

Joseph Roth, El busto del Emperador. Barcelona: Acantilado, 2011. Trad.: I. García Adánez. (Die Büste des Kaisers, 1934).

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“Si la paz hubiese continuado, todos nos hubiésemos resistido a  contraer compromiso oficial con una mujer. Solo el heredero del trono tenía que casarse a una edad adecuada. A los treinta años nuestros padres eran ya personas llenas de dignidad, administradores de sus casas y, a menudo padres de una familia numerosa, pero en nuestra generación, destinada a la guerra desde su nacimiento, el instinto de procreación se había extinguido patentemente, no teníamos deseo alguno de continuarnos en nuestros hijos. La muerte cruzaba sus manos huesudas, no sólo sobre las copas que apurábamos, sino también sobre los lechos donde dormíamos con mujeres. Y por eso también eran nuestras mujeres tan pasajeras. Nunca era el placer tan grande que nos hiciese volver a él.

Pero ahora la guerra nos llamaba repentinamente para alistarnos en nuestros comandos de reserva de distrito, y nuestro primer pensamiento no era el de la muerte, sino el del honor  y el peligro, hermano suyo. El sentido del honor es también un narcótico, y adormecía en nosotros el miedo y los malos augurios Cuando los moribundos hacen testamento y ponen en orden todas sus cosas de este mundo, puede que les sobrecoja un estremecimiento; ¡pero nosotros éramos jóvenes y respirábamos vida por todos los poros de nuestro cuerpo! No sentíamos ningún estremecimiento, ningún verdadero estremecimiento, aunque nos gustaba y nos adulaba el producirlo en los que se quedaban; hacíamos testamento por arrogancia, y por arrogancia nos casábamos a toda prisa, con un apresuramiento que desde el principio no expresaba ni una consideración seria ni arrepentimiento alguno. El matrimonio nos hacía parecer más nobles de lo que ya éramos simplemente por ofrecer nuestra sangre, hacía que la muerte, a la que realmente temíamos pero que en cualquier caso preferíamos a una atadura de por vida, nos pareciese menos fea y temible. En cierto modo descartábamos nuestra vuelta, y el atormentado e inolvidable ímpetu con que nos lanzamos a las primeras y tristes batallas se nutría del miedo al retorno a una vida doméstica con muebles destartalados, mujeres que van perdiendo  su encanto, y niños encantadores que llegan al  mundo como ángeles y van creciendo y convirtiéndose en seres extraños y hostiles: eso no lo queríamos ninguno de nosotros. El peligro era inevitable, pero lo endulzábamos casándonos y armándonos para ir a su encuentro como a una patria todavía desconocida, pero que ya nos hacía amistosas señales de bienvenida” (pp. 79-80)

Joseph Roth, La Cripta de los Capuchinos. Barcelona, Acantilado, 2010. Trad.: Jesús Pardo. (Die Kapuzinergruft, 1938).

 

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