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Posts Tagged ‘patético’

La fórmula “hasta que la muerte nos separe”  no es necesariamente verdadera en el más acá, pero tampoco en el más allá, donde puede darse el extremo contrario: que la muerte no nos separe.

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Los caminos del señor son inescrutables, como los modos de llegar a un blog: alguien cayó en fosacomun después de buscar “los muertos huelen mal opiniones”. La duda acerca de si los muertos pueden no oler mal me sorprende, supongo que dependerá de cuántos días hayan pasado. Si lo que se perseguía era encontrar distintas variedades del hedor (aquí vendrían los adjetivos que les voy a ahorrar y, por tanto, me voy a ahorrar), lo desconozco. Lo que tengo clarísimo es que me repugna la pasión por la opinión. Tanto me da que se trate de la pregunta “¿Y ud qué opina?” como de la respuesta “Yo opino que” o, en el peor de los casos, “Yo opinio de que”. Lo que hay que analizar es sobre qué asuntos se nos pide nuestra opinión y con qué fin. Todo y en todo lugar parece ser carne de opinión. Se nos pide nuestra opinión en la calle, cámara en mano, en los medios de transporte, en los comercios, en programas de la tele y de la radio, en cuestionarios colgados en internet; los periódicos tienen una sección titulada “opinión”; en política se hacen sondeos de opinión; hasta Manolo Kabezabolo escribió una canción que decía “¿Y ud qué opina del aborto de la gallina?” Parece que nuestra opinión puede servir para mejorar ciertos servicios, para entretener a otros que nos ven opinar en ciertos espacios televisivos o para que las empresas ganen más dinero.

Cuando nos preguntan nuestra opinión sobre un tema pueden darse varios casos: 1) que tengamos un juicio formado al respecto y queramos, o no, expresarlo públicamente (al margen de que pensar no sea nunca garantía de buenos resultados), 2) que el tema no nos interse lo más mínimo y, por lo tanto, nunca antes hubiéramos pensado sobre ello y no tengamos nada que decir, 3) que, aún sin tener nada pensado y, por lo tanto, nada interesante que decir, nos sintamos obligados a responder a la pregunta, es decir, a opinar; como si la respuesta pretendiese adelantar en velocidad al pensamiento.

En el primero y mejor de los casos podremos estar o no de acuerdo con el juicio que expone quien es preguntado, pero al menos escucharemos algo medianamente elaborado. En el segundo caso lo mejor que puede ocurrir es que quien es preguntado y no tiene nada que decir, se calle y, como mucho, si la cuestión lo merece, reflexione sobre ella. En el tercero de los casos nos encontramos ante las personas que se sienten en la obligación de responder sólo por el mero hecho de haber sido preguntados, como si existiera una ley que prohíbe guardar silencio o quejarse ante el hecho de ser asaltados verbalmente. En el colegio siempre había quien prefería contestar una chorrada antes que dejar el folio en blanco, lo que debe de ser una variante más del horror vacui. Parece que cuando se nos pide nuestra opinión tendemos a responder porque nos toca el orgullo que nos hayan preguntado precisamente a nosotros, colocándonos en el podium desde el que iluminar cual faro de Alejandría la oscura noche. Es una vieja teoría: para mover, hay primero que conmover.

Recuerdo que hace años me preguntaron en plena calle Preciados de Madrid mi opinión sobre el cambio de pareja. – ¿De baile? – No, de cama. – Ah, de cama. – Claro. Para mí no estaba tan claro, no en mitad de la calle y frente a unos imperfectos desconocidos. – Pues no creo que mi opinión importe lo más mínimo, sólo lo que piensan y quieren todas y cada una de las personas involucradas. El re-portero insistía en acorralarme: – Pero no te andes por las ramas, danos tu opinión. – Lo primero, yo no me ando por las ramas porque no sé, porque no soy una mona por muchos antepasados simiescos que tenga. Y lo segundo, mi opinión es mía y no se la doy al primer mentecato que me la pide. ¿Qué sentido tiene opinar a favor o en contra del cambio de pareja desde fuera?, ¿buscar el espectáculo de los extremos?, ¿respuestas libertinas o inquisitoriales?, ¿orgía o censura?

Obviamente el entrevistado ideal responde a una pregunta con una respuesta, no con otra pregunta. Pero las preguntas por sí mismas ni halagan ni obligan a responder. Para lo único que sirve una pregunta es, no para contestar ipso facto, -pues tal respuesta tiene el mismo valor que un acto reflejo, como cuando nuestra pierna se levanta inmediata e involuntariamente al darnos el médico un golpecito en la rodilla precisamente para comprobar nuestros reflejos-, sino para pensar en ella. Las preguntas no sirven para responder, sino para pensar. Y sólo cuando hemos reflexionado sobre el tema podemos contestar algo que se diferencie mínimamente de un espasmo o de un calambre.

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Lo patético es una categoría estética con pinta de ser subcategoría de algo (de lo sublime, por ejemplo). Algo hay en lo patético de sub, de lo que quiere poseer una cualidad superior y no llega. Quiere conmover el alma del observador -παθητικός: que impresiona, sensible– y en vez de ese estremecimiento produce más bien la sonrisa, lo cómico.” ¡Qué patético!” decimos y sale la risa a castigarlo.

Lo cómico no es necesariamente positivo, nunca hay que olvidar que tiene esa función restrictiva de no dejar crecer nada fuera de su sitio, y al nuevo rico lo quiere en seguida devolver al fango. El snobismo y el amor decía Proust que eran sus temas preferidos. En lo patético hay mucho de esnobismo y de vago deseo del amor.

Tengo que nombrar la Patética de Beethoven,  la tengo en un vinilo de esos con perrito mirando el tocadiscos-la voz de su amo. Como suena muy bajito, casi sordo,  hay que subir el volumen ya en el Grave y se oyen chasquidos entre el conmovedor piano como un anciano que tosiese . Me encanta. Lo oigo y  siento claramente el placer de sufrir de mentirijillas.

Lo patético es teatral, pero eso le da fineza: se dice que el teatro le da a las pasiones, al hacerlas artificiales, un sentido de verdad. Dentro de los órdenes teatrales probablemete tenga más que ver lo patético con el drama (burgués) que con la tragedia. Si el protagonista de un triste episodio marcado por el destino no es un rey Lear sino un ama de casa noruega lllamada Nora estamos ante un drama. No se por qué me ha venido Ibsen como ejemplo, pero Bergman, que le adora, me parece también muy de lo patético, más que trágico.

Creo que Schiller dice algo así como que sufrir en sí es vulgar (eso sería la zona vulgar de lo patético) pero si uno aguanta firmemente el sufrimiento y lo utiliza para revelar una libertad moral por encima del dolor físico entonces lo patético entra en la estética. Pero esto es un poco antiguo. La idea de vulgaridad es mucho más amplia de lo que parecería, y a mi modo de ver alcanza todo el abanico de lo patético y le da esa vidilla que nos hace disfrutarlo.

Me acuerdo de que Lessing insiste en que, mientras devoran a sus hijos, Laoconte, tiene la boca especialmente poco abierta. Le enfadaba mucho que un escultor hiciese abrir la boca en un grito de dolor,  la boca abierta con dientes y lengua y dolor! ¡¡noooo!! Pero esto parece que ya no es prescriptivo y todos abren bocas (la madre del Guernica también con su hijito en brazos  tiene abierta la boca y es perfectamente patética)

En los cementerios parecen ser de esta escuela Schiller-Lessing. No se quiere ser vulgar y se diseña lo patético con la boca cerrada, el rostro cubierto o inclinado…la modestia de los signos del sufrir. ¿Hasta que punto consigue conmover? Lo patético hace que cuando visitamos cementerios nos pongamos “románticos”-así decía una tía abuela mía de Pontevedra. Nos emocionamos…y pero no. Sonreimos… pero no. Lo patético deja todo congelado en un gesto  sin terminar.

Pero vulgar acaba siéndolo siempre, y eso lo hace placentero, empalagoso pero a la par deliciosín.

mama

Sposa e Madre Modello con su pequeñin dándole el último beso.

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Ruboroso dolor y telarañas como lágrimas.

sabana

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Sábana con pliegues
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Viuda tristísima…quizás la dama de El Beso de Bécquer
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Gemelas de la Muerte

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