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Posts Tagged ‘walseros’

Una tarde que iba al colegio después de comer me topé con media docena de gitanas que habían rodeado, con evidentes y explícitas ganas de bronca, a una de mis mejores amigas y a otra niña de mi clase. Si esto ocurriera ahora, no dudaría ni un segundo en quedarme a su lado, primero, para que ellas no se quedaran solas, y segundo y más importante, para que no se sintieran solas. Sin embargo aquel día el miedo a las gitanas me hizo comportarme como una cobarde y, en lugar de meterme yo también en el círculo en el que las habían encerrado, permanecí fuera mirando y esperando sin saber muy bien qué hacer.

La cosa no llegó a mayores: mi amiga y la otra niña hicieron lo que las gitanas no esperaban que hicieran, precisamente porque eran más y porque conocían el miedo que los payos le suelen tener a los gitanos: aún encerradas en el círculo y en clara minoría numérica, les plantaron cara, y precisamente por ello, las gitanas abrieron el círculo y las dejaron marchar.

Ese día no se me ha olvidado nunca, y me alegro, porque, si bien me avergüenzo de mi comportamiento, -qué es una bofetada o un puntapié un tirón de pelo comparado con cargar con la vergüenza de la deslealtad toda la vida-, me sirvió para dos cosas: nunca más he tenido miedo de nadie sólo por su raza y nunca más he dejado de defender mis favoritos, ya fueran personas o cosas, ni por miedo ni por vergüenza.

Aunque no haya relación aparente, esta pública bajada de pantalones viene a cuento de la muerte de Miguel Delibes. Me ha ocurrido en muchas ocasiones que, ante ciertas preguntas sobre mis gustos literarios y mis autores y libros favoritos, incluía yo muchas veces al de Valladolid. Y cuál no sería mi sorpresa ante la reacción de quien me había interpelado. Una siempre había creído que cuando una persona preguntaba a otra por sus gustos y aficiones, ya se tratara de comida, bebida, libros, películas, música, colores, deportes, etc., la finalidad de la cuestión era, o bien conocer mejor al  interpelado, o bien entablar una conversación. Si la respuesta resulta muy sorprendente, siempre existe la opción de preguntar, educadamente, el origen o la razón de tales preferencias. Pero, cuán equivocada estaba, pues, en la mayoría de los casos, el único fin de tales cuestionarios es, no ya enjuiciar las elecciones, -que ya me toca bastante las narices, desde cuándo hay que rendir cuentas por las querencias y los amores-, sino opinar sobre ellas.

Y resulta que los más modernos y los más postmodernos, los nocillos urbanitas que sólo citan fernandeces para no ser excluidos de la mamada, no pueden comprender cómo alguien puede leer a Delibes voluntariamente. Y se permiten despreciar toda la obra de Delibes, como si la hubieran leído entera y pudieran ofrecer una crítica argumentada en lugar de una sarta de adjetivos que suele comenzar con “castellano”, porque siempre hay quien confunde los gentilicios -catalán, vasco, latino- con insultos y suele acabar con “realista”.

Lo que no acaba una de entender es qué tiene que ver el sentido del gusto, ese fenómeno largamente analizado desde el siglo XVIII gracias, entre otros, al filósofo escocés David Hume, con la calidad. Porque no seremos tan mamarrachos ni tan pedantes de decir que sólo nos gusta lo bueno, ni tan oligofrénicos como para asegurar que es bueno sólo lo que nos gusta, ¿no? Que a alguien no le guste Delibes no debería impedirle reconocer la grandeza de Los santos inocentes, por citar sólo una.

Recuerdo que, cuando dejé la literatura juvenil, los dos primeros libros que ataqué, entre los varios que había en mi casa, fueron Cementerio de animales de Stephen King y Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, dos novelas bien distintas entre sí que, sin embargo, comparten el hecho de estar vertebradas en torno a la muerte. Me gustó tanto el monólogo de la viuda con el cadáver de su no tan querido marido que después, a lo largo de los años, leí otras 12 o 15 novelas suyas más, desde La sombra del ciprés es alargada hasta El hereje, pasando por Mi idolatrado hijo Sisí El príncipe destronado, y en todas encontré la escritura de alguien que dominaba a la perfección el tema del que en cada caso hablaba y un lenguaje caracterizado por su riqueza y por su precisión, virtudes ambas que, entre los españoles, sólo he vuelto a encontrar en igual y mayor grado en Ferlosio y que ya quisieran para sí muchos de los que se autoproclaman escritores y sin embargo aún tienen problemas con algo tan básico como es la concordancia.

Delibes no se limitó, como se suele decir, a escribir sobre la naturaleza, ya sabéis, los ciclos naturales, el paso de las estaciones, la caza y la pesca, la flora y la fauna, etcétera, sino, que, sobre todo, me ofreció la mejor manera de calibrar la naturaleza que más me interesa, que es la naturaleza humana. ¿Cómo? A través del retrato descarnado de su crueldad. Y digo retrato, y no crítica, porque al igual que decíamos el otro día que Tucídides “escribió la guerra del Peloponeso” y no “sobre la guerra del Peloponeso”, creo que Delibes no “escribió sobre la crueldad” sino que “escribió la crueldad”. Y quizá porque no hay comportamiento humano que me merezca más desprecio, aprecio tanto sus novelas, porque fueron una buena herramienta para aprender a detectarla y rechazarla.

Así que, modernos, postmodernos y demás miembros de la hélice estético-intelectual de España, cuidaos mucho de despreciar los gustos ajenos, no sea que alguien que quiera mostraros -obras son amores- que los favoritos no sólo son intocables, sino también imitables, coja la escopeta de caza y -a riesgo de ser confundido con Pérez-Reverte- os descerraje dos tiros en vuestro lustroso y bienoliente culo de diseño, ese culo siempre triste por no haber conocido nunca el placer de cagar en el campo.

Miguel Delibes (Valladolid, Castilla, 17 de octubre de 1920 – ib., 12 de marzo de 2010)

ACLARACIONES: no soy castellana (soy de Santander, que, como todos sabemos, es mucho peor), no vivo en el campo, no me sé el nombre de casi ningún vegetal que no se coma, no soy cazadora, no me gusta la gente armada, no creo que la paz sea el fin sino el camino, no soy racista, casi toda mi vida he vivido entre gitanos y entre castellanos, tengo amigos modernos y postmodernos, me han gustado algunos textos de Agustín Fernández Mallo y me he reído con Eloy Fernández Porta.

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“Y es que hoy va a ser la noche más larga del año,
y la quiero vivir como si en realidad
no tuviera que asistir a su final”.

21 de diciembre de 2009: solsticio (solstitium) de invierno: el sol alcanza su máxima declinación norte (+23º 27′) y máxima declinación sur (-23º 27′) con respecto al ecuador celeste. En el hemisferio Norte hoy es la noche más larga del año. Según el año la fecha del solsticio de invierno varía entre el 20 y el 23 de diciembre. En este 2009 que se va para no volver ha tenido lugar exactamente a las 17:48 horas. En ese momento yo paseaba por Ópera y contemplaba cómo tres seres de sexo indiferenciado bajo tanto ropaje hacían una hoguera en los palaciegos jardines impregnando de humo el aire respirado mientras las flores bajas, casi a ras de suelo, intentaban asomar coloridas entre la nieve, como si quisieran transmitirnos la reconfortante sensación de caminar entre las calles de un tranquilo y bello cementerio.

“Debo mucho
a quienes no amo.

El alivio con que acepto
que son más queridos por otro.

La alegría de no ser yo
el lobo de sus ovejas.

Estoy en paz con ellos
y en libertad con ellos,
y eso el amor ni puede darlo
ni sabe tomarlo.

No los espero
en un ir y venir de la ventana a la puerta.
Paciente
casi como un reloj de sol
entiendo
lo que el amor no entiende;
perdono
lo que el amor jamás perdonaría.

Desde el encuentro hasta la carta
no pasa una eternidad,
sino simplemente unos días o semanas.

Los viajes con ellos siempre son un éxito,
los conciertos son escuchados,
las catedrales visitadas,
los paisajes nítidos.

Y cuando nos separan
lejanos países
son países
bien conocidos en los mapas.

Es gracias a ellos
que yo vivo en tres dimensiones,
en un espacio no-lírico y no-retórico,
con un horizonte real por lo móvil.

Ni siquiera imaginan
cuánto hay en sus manos vacías.

“No les debo nada”,
diría el amor
sobre este tema abierto.”

Wislawa Szymborska, “Agradecimiento”, leído en desde el acantilado vía especies de despieces.

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Según el filósofo alemán Ernst Jünger (1895-1998), para saber cómo se vive y cómo se muere en un lugar, hay que visitar su mercado y su cementerio.

El inclasificable Corpus Barga (Madrid, 1887 – Lima, 1975) lo escribió en su estilo hiperbatónico (de hipérbaton, no de hipermercado extranjero):

“Y más concluyente que los mercados hay en la ciudad otro lugar público: el cementerio”.

La afirmación pertenece al artículo “La importancia de Lima” (1962), que comienza así:

“Si un viajero llegara por primera vez a Lima y sólo pudiera estar de paso, tres horas, ¿qué se le podría mostrar para que se llevase una idea de la importancia de esta ciudad? A mí se me ha planteado este pequeño gran problema (es, en efecto, un gran problema pequeño)”.

La duda de Corpus Barga, y de cualquiera que tenga que ejercer de cicerone, es la relación espacio-tiempo: ¿qué ver en ese espacio de tiempo? Recuerdo el día en el que esta expresión tan habitual, “espacio de tiempo”, se me hizo extraña. ¿Cómo que “espacio de tiempo”? ¿No será espacio de metros cuadrados o, mejor, de metros cúbicos? Y hoy encuentro esto en Corpus:

“lo alucinante del tiempo y del espacio está en que se miden el uno al otro, se miran midiéndose”.

En su tarea de guía turístico, Corpus elige dos lugares:

1) El cementerio de Lima, en el cual será enterrado 13 años después.

2) Un espacio que es al tiempo cementerio y mercado, miseria y riqueza: el rastro.

“Ese rincón abultado, sano, sucio, donde en las grandes ciudades van a parar los desperdicios de la abundancia y de la pobreza, de la trapería y la eternidad, la fijeza infinita de los objetos muertos, enteros o en pedazos (…) los innumerables objetos heteróclitos y usados que desprendidos de la ciudad son recogidos y amontonados allí se deslizan (…) El rastro de la ciudad, eso es el barrio colector que recoge las miserias estrujadas y las grandezas rotas, abandonadas en el tiempo, el encargado de inscribirlas y hacerlas desaparecer en las páginas polvorientas de la Biblia que dejan enterradas todas las civilizaciones, la Biblia de los objetos. Es la huella sobre la cual se reconstruye una urbe como la suya un elefante. Los desperdicios son más impresionantes de la importancia de una ciduad que la riqueza”.

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Nos acostumbramos a las expresiones y a las palabras y las pronunciamos sin pensar en ellas hasta que un día nos dan el alto. Ahora ya sé que el rastro es eso, el rastro que deja una ciudad de sí, su huella, su señal.

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Regresaba de La Mata de Monteagudo, un pequeño pueblo de Picos de Europa, donde me había alojado unos días a cambio de trabajo.  Cogí el tren en Puente Almuhey, recorrí parte de la ruta del Transcantábrico que atraviesa León y el Norte de Palencia y llegué al primer pueblo de Cantabria, Mataporquera, donde debía hacer trasbordo y tomar un ferrocarril de vía estrecha que me llevaría a mi destino, Santander. Como para que esto sucediera faltaban tres horas, decidí dar un paseo.

Las vías marcaban el límite inferior del pueblo, situado en la cota de los 1000 metros de altura. Las fui dejando atrás, me interné en la zona de casas y bares y tomé una empinada cuesta que, una vez acabado el pueblo, moría en el cementerio. No sé si porque era domingo, la verja de entrada estaba abierta. Me sentí afortunada.

El cementerio, que también estaba en cuesta, tenía en su parte más alta un muro de nichos, sobre los cuales me encontré con esta palabra pintada:

resucito1

No supe entonces, y sigo sin saberlo, si se trataba de una exclamación de júbilo, -la que podría haber sido la primera palabra de Lázaro en su nueva vida-, si era más bien una amenaza, -algo así como “estad preparados, porque resucito”- o si, puestos a teorizar, se trataba de una manera de favorecer la resurrección, una especie de acto performativo, una manera de invocar la acción con la palabra.

Sin prisa, fui paseando y observando la distribución de las tumbas, los nombres, las fechas, los lugares de nacimiento, los epitafios, las flores, el estado de conservación de las esculturas, la pared compartida con la iglesia, las plazas vacantes, en fin, todo aquello en lo que uno se fija cuando pasea por un cementerio.

vacantes

Antes de abandonar el recinto, volví a subir de nuevo a la parte más alta, de espaldas al gran “¡RESUCITO!”, para contemplar desde arriba la fábrica de “Cementos Alfa” que colorea el paisaje local.

cementocementerio1

No sé si fue en ese momento, o ahora, mientras escribo, cuando pensé que algunos de los hombres que descansaban allí entonces, ahora y siempre -salvo alguna posible recalificación del terreno o un menos probable terremoto-, frente a la fábrica, seguramente habrían pasado muchos años de su vida trabajando encerrados en ella, -al menos desde 1930, cuando se fundó-, en la zona más baja del pueblo, más allá de las vías.

En el pueblo se descansa, se come y se duerme. Más allá del límite inferior, se trabaja y se cansa uno. Y más allá del límite superior, se descansa para siempre. No puede estar más claro. Alfa y omega. Y sin embargo a veces los límites se traspasan y hay quien fabrica con su trabajo el cemento que sellará su tumba, quien muere trabajando y quien trabaja en el cementerio.

Sea como fuere, los tonos desvaídos de las torres me remitieron a un tiempo de colores esplendorosos y se ofrecieron a mi contemplación como premio a la decisión de mis átomos de dar un paseo, de desviarse, de escapar al determinismo, de disfrutar de las posibilidades del clinamen.

Descendí hasta la puerta, salí y fui bajando entre las casas más altas, que  habrían visto pasar muchos ataúdes, atravesé el pueblo pensando que quizá esa fuera la primera y última vez que hacía tal cosa, crucé las vías, llegué a la estación y cogí el tren que me llevó, ya sí, a mi destino.

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